No pienso ceder ni un palmo

Hoy voy a procurar de todas las maneras posibles que sea un día como los demás. Me he levantado temprano y con sueño, ayer conocí a unos posibles compañeros de aventuras y parecen majos. Se nos hizo tarde y no he dormido mucho. Me he tomado un par de cafés, el primero en la cama, como hago todas las mañanas. Voy a salir dentro de un rato para el trabajo, soy la última que llego siempre por lo dormilona que soy. A pesar de que no está el cuerpo para muchas fiestas, me reiré con las cosas de mis compis, que son unos soles (es normal que ellos esta vez no estén tan afectados). Daré un 99,9% (siempre hay que dejar un poco de rendimiento en reserva por si nos viene algún tema gordo de verdad). Volveré a casa, me relajaré. #SM y yo charlaremos un rato. Hoy correré por primera vez también esa carrera de media distancia detrás de la que llevo un par de años. Cuando me fallen las piernas, pensaré en los que necesitarán sacar fuerzas de flaqueza para afrontar el día de hoy porque han sido tocados por una barbarie y un horror que no termina (no sólo en España, sino también en Siria, en Charlottesville, en Nigeria… la lista es interminable). Y terminaré, salvo causa de fuerza mayor, porque me conozco y sé que si estoy sana, llego a la meta aunque sea arrastrándome. Luego volveré a casa, abrazaré a los #Supernenes a los que he sobornado ayer con unos calcetines de Harry Potter para que se dejen achuchar un poco.

Pienso tener un día tan normal y corriente como pueda. Pienso seguir haciendo todo aquello que haría sin volver la vista atrás. No pienso dejarme llevar por la tristeza, por la ira y mucho menos por la cobardía.  Sé que esta barbarie puede tocarnos a todos y cada uno de nosotros, es así de cruel y ciega. Compartiré mi dolor, mi solidaridad y todo lo bueno y positivo que inspiren en mí estas acciones. Pero no pienso hacer propaganda de su miedo, de sus rumores, de su barbarie en general. No pienso ceder ni un palmo de lo que soy como persona. Citando a #SG, “no vamos a tener miedo, mamá. Es lo que quieren esos tarados” (en parte es así de serie, pero algo hemos hecho bien en la educación de esta chica #SM y superservidora).

testimo

Por cierto, gracias a los móviles y las conexiones por diversos medios sabíamos en menos de 15 minutos que las personas que queremos estaban todas bien. Las redes sociales se han volcado, literalmente, en ofertas de ayuda, alojamiento, traducción… Voy a seguir apostando también por este mundo virtual, a pesar de sus muchas sombras, elijo destacar en el día de hoy sus luces.

Compite solamente contigo mism@

Hoy he sido capaz de correr siete kilómetros. Seguramente no lo he hecho a una velocidad de vértigo y he llegado al final de mi entrenamiento echando el hígado por la boca. Me da exactamente igual. Porque si me lo hubieran contado hace apenas dos años, me hubiera muerto de la risa y no únicamente por la idea de que yo podía aguantar más tiempo corriendo del que se tarda en perder un autobús mientras le ves escaparse en la distancia.

13_La carrera nocturna

En este tiempo, aparte de hacer algo de forma física, he aprendido gracias a la depresión a que no todo lo tengo que hacer para ganar o para ser la mejor. Puedo invertir mis horas libres y mis energías también en hacer cosas en las que nunca despuntaré, iré poco a poco e incluso es posible que me estanque. Da igual, ya no quiero ser perfecta. Quiero sencillamente pasarlo bien.

El secreto es que cuando intento ser mejor ya no estoy compitiendo con nadie más, estoy compitiendo conmigo misma. Y desde que intento no compararme con los demás, lo cierto es que mi vida ha mejorado mucho. Os dejo un enlace a una charla TED de una psicóloga sobre el tema. Creo que merece la pena verla:

La falacia extranjero = incapaz

Hoy me he despertado en el periódico con un tipo de noticia que me pone casi siempre en modo “déjà vu”. Para simplificar, una azafata pregunta por un médico en un avión en USA y cuando una chica jovencita y negra levanta la mano, le pide explicaciones sobre si es médico en realidad. Cuando se aproxima un señor de mediana edad que dice serlo, se le acepta sin más explicaciones.

Empecemos por puntualizar que cuando me pongo a hablar sobre el tema de la discriminación por cuestión de raza siempre siento una pequeña punzada de ambigüedad, porque tengo la gran suerte de ser clarita de piel y de no dar demasiado el cante en el país en el que he emigrado (salvo en Japón, pero Japón es otra historia… son una cultura en la que lo que reina es el respeto, al menos cara a cara). Eso hace que en mi vida diaria, no haya sido objeto de este tipo de agresiones flagrantes a primera vista. Pero llevo casi veinte años de emigrada y que soy extranjera se me ha notado en cuanto he abierto la boca en todos los países en los que he vivido. Y hay desgraciadamente otro tipo de discriminación que sí que he visto de cerca muchas veces y sí que me ha tocado enfrentar en primera persona. Yo la llamo el binomio “extranjero = incapaz”. Es lo que ocurre cuando según abres la boca, determinado tipo de persona ya te ha clasificado en una serie de estereotipos simplemente porque no eres oriundo del país. Y siempre me da cosa hablar de ello, porque no deja de ser dentro de las discriminaciones una discriminación casi de segunda, parece que no tiene tanta importancia como la que tienen que sufrir los que de verdad son acosados por su color de piel, por su religión o por su etnia… pero por otra parte creo que es necesario hablar de ello, porque es la cara sutil de ese algo más profundo. Algo así como los micromachismos son al machismo puro y duro que no se esconde… Voy a contar un par de ejemplos inocentes de los prejuicios a los que yo me he enfrentado directamente:

 

  1. Soy extranjera: ni sorda, ni idiota -> éste tipo de actuación es realmente común. Vamos, que no me ha pasado ni una, ni dos veces. Y no la he visto aplicada sólo a mi persona. Consiste poco más o menos en que cuando no entiendes lo que te están diciendo, la persona enfrente de tí empieza a levantar la voz o a hablarte como si fueras retrasado mental. Repitiendo exactamente las mismas palabras que no has entendido la primera vez porque no las conoces. Y no precisamente con paciencia sino de forma grosera o condescendiente. De verdad, nuestro oído es perfecto. Se consigue mucho más en la comunicación si uno intenta explicar el concepto de otra manera. Sin más.
  2. No me gusta el flamenco, ni tengo un restaurante -> mira, se me había olvidado que la primera vez que tuve contacto con este tipo de micro-prejuicios fue antes incluso de que ni siquiera se me hubiera pasado la idea de emigrar por la cabeza. Me pasó cuando mis padres me mandaron la primera vez a Gran Bretaña a estudiar inglés y la señora de la casa en que vivía se mostró muy asombrada de que siendo española no tuviera intención de ser bailaora de flamenco profesional, sino la osadía de querer estudiar astrofísica. La he rebautizado como el prejuicio folclórico y por desgracia nos lo seguimos encontrando todavía de vez en vez (aunque cada vez menos, con la cantidad de profesionales que han tenido que emigrar en los últimos años). La forma más común es cuando dices que eres español y vives en Alemania y te preguntan a continuación que en qué restaurante cocinas…
  3. Sí, estoy tan cualificada como tú (o más) a pesar de que no ser nativa -> esta discriminación no sé si achacarla más al clasismo o al racismo puro y duro. Y es la que le ha ocurrido a la muchacha de la noticia del periódico. Se da únicamente cuando me enfrento a una situación en que estoy frente a una persona que tiene una supuesta autoridad menor (un médico, un funcionario o una auxiliar de vuelo en un avión) que me está tratando con total condescendencia hasta el momento en que sale a relucir por casualidad que soy doctor (aunque como dice Supergüeli, no de los que curan). Como por arte de magia, de repente el trato es otro. Y da mucha rabia, la verdad. Porque se supone que simplemente por ser persona, ya me debían ese trato y ese respeto.
  4. Yo puedo ser “extranjera”, pero los Supernenes, no -> por mucho que tengan un nombre muy raro, un apellido más raro todavía y no sean hermosos y rubios como la cerveza, mis hijos se han criado aquí desde su más tierna infancia. Hablan el idioma mejor que alguno de los nativos incluso, porque sus padres nos partimos los cuernos para que tengan una educación lo más completita posible. El peor caso de este tipo que me tocó vivir fue protagonizado por mi jefe de tesis, que sería un señor académicamente inteligentísimo, pero también un soberano imbecil. En una conferencia se acercó a un señor con rasgos orientales intentando explicarle que había una diferencia entre la palabra “grass” (hierba) y la palabra “glass” (cristal) (los japoneses tienen un único sonido para las dos letras “l” y “r” que está fonéticamente entre las dos). El presunto oriental contestó muy tranquilamente y en perfecto inglés que lo sabía porque era de Boston. Yo me quería morir de verguenza ajena, pero el cretino de mi ex-jefe continuó a lo suyo como si cualquier cosa

A la hora de la verdad, el mejor consejo que he escuchado al respecto es el de la canción de Sting, “An Englishman in New York”: “It takes a man to suffer ignorance and smile. Be yourself no matter what they say” (“Se necesita ser un hombre para sufrir la ignorancia y sonreír. Sé tú mismo sin importar lo que digan”). Bueno, sí, él es un hombre, pero la enseñanza es aplicable si eres mujer, oscurita y extranjera.

 

 

Poster hecho con Keep-calm-o-matic app

Poster hecho con Keep-calm-o-matic app

Hoy no es día de celebrar nada

En un tiempo en el que parece que cualquier tipo de causa se ha convertido en una excusa para la reivindicación más o menos festiva, el día 8 de Marzo yo al menos entro siempre en conflicto conmigo misma.

 

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Que sí, que se ve un rayo de sol… pero el panorama está bastante oscurito en este tema…

 

Porque sé perfectamente que no es una jornada para “celebrar” nada, sino para reivindicar. ¿Qué os parece que no? Os voy a dar mis diez razones para hacer de este día un grito de nuevo:

  1. Parece que en cien años lo único que ha cambiado sustancialmente es el lugar en donde se explota a las personas. Y por desgracia, las mujeres tienen muchas más posibilidades de ser explotadas que los hombres.
  2. En el mundo “privilegiado”, seguimos a vueltas con la conciliación, tan a vueltas como estábamos hace trece años cuando aún me pensaba si me arriesgaba a ser madre. #Yotampocorenuncio y quiero que las que vengan detrás de mí lo tengan mejor de lo que lo tuve yo.
  3. Ya no es sólo el tema de la conciliación: los techos de cristal, la desigualdad de salarios, la condescendencia… Llevo veinte años de profesional escuchando que han desaparecido y volviendo a encontrarme con ellas una y otra vez. Ya no me lo creo.
  4. No importa que vaya con cuatro amistades más, si son todas de mi mismo sexo hemos “salido solas”.
  5. Ya me podrían dar un premio Nobel o un reconocimiento a toda mi carrera profesional: habrá un sector de la población que me juzgará por lo que lleve puesto o por mi apariencia física, cosa que he visto hacer con un hombre en contadísimas ocasiones. Y puedo dar gracias a que nunca he sufrido una agresión, porque del mismo modo, también se juzgaría mi actitud y la ropa que llevaba puesta.
  6. Y encima habrá muchos que se crean que el premio o reconocimiento del punto 4 me lo han “regalado” por el hecho de ser mujer (lo he escuchado personalmente cuando algunas colegas han ganado alguna beca).
  7. Si levanto poco la voz es porque no tengo suficiente decisión, si la levanto mucho, es porque soy una histérica.
  8. Aún las veces en que acierto plenamente con el tono y soy asertiva, se me acusa de “poner mis intereses personales por delante de los demás” (como si fuera algo malo o inaudito).
  9. Todavía la gente me mira y ve una mujer (que no es malo, que lo soy y no me importa serlo… lo que duele es que no vean a una persona por encima de la casualidad biológica con el cromosoma XX).
  10. Tengo una hija y un hijo. Quiero un futuro mejor para ellos. Como personas, como pareja de otras personas, como padres…

 

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Así que si me estás leyendo, levanta el vaso. Vamos a brindar por todo lo que hemos logrado. Y a ser posible recordar todo lo que nos queda por hacer todavía…

Conciliación y otras utopías posibles…

Si me comparo con un ama de casa de los años cuarenta, como fueron mis Superabuelas, o con una de los años setenta, como lo han sido Superabuela y Supergüeli, creo que es justo empezar destacando que hemos ganado muchas cosas en los últimos años:

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  • el derecho a una educación que no depende de una X o una Y en el cromosoma que ganó la carrera hace algunos años,
  • unas mejoras técnicas y económicas que nos permiten dedicar un tiempo marginal a cosas que antigüamente se llevaban la mañana entera (en algún campamento de verano he tenido que hacer como excepción la colada en el río y creedme que es un auténtico horror),
  • un reparto del trabajo y de las responsabilidades más justo dentro del hogar, o al menos la visión de que ese es el camino justo y correcto a seguir…

 

Pero creo que todos estos cambios, que por una parte han posibilitado que los dos miembros de la pareja se incorporen al mercado laboral, se han dado a una velocidad tan rápida que no hemos sabido reaccionar a tiempo y crear las estructuras adecuadas para las personas que los viven. Vuelvo a acudir aquí a un dicho africano que me habéis escuchado utilizar muchas veces: “se necesita a una aldea entera para educar a un niño”. En este caso hemos pasado de la aldea local a la aldea global. Y como decía el gran Quino hace tantos años casi como los que tengo, poniendo las palabras en boca de la grandísima Mafalda: “hemos roto las estructuras y ahora no sabemos que hacer con los pedazos”.

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Porque este es el gran problema de la famosa “conciliación”. Y aunque muchos no se lo crean, no es un problema únicamente de padres y madres. Esta es una perspectiva que me vino al salir de España, antes ni me había planteado que podía haber vida más allá de las once horas de trabajo y camino a la oficina: ahora mismo vivo en un país donde por ley, cualquier trabajador puede pedir una reducción de jornada conque se cumplan unas determinadas condiciones. Y es lo que debería de ser justo: el que tiene hijos, se ocupa en este tiempo de ellos, el que no, puede dedicarse a desarrollar proyectos paralelos.

 

Pero lo que ocurre es que en un país que ya de por sí es poco conciliador como España (tenemos uno de los horarios de trabajo más desquiciados de todos los países en que existe y se respeta el derecho laboral) el problema se te hace más patente en el momento en que te vuelves padre o madre. A otros proyectos personales digamos que se puede renunciar. Pero cuando un bebé llora, todo el que tiene oídos sabe que se para el mundo. Y los hijos te necesitan, te necesitan en el primer periodo de su vida físicamente allí. Y doy fe de que te siguen necesitando cuando son un poco más mayores y aunque no se ponen enfermos cada dos por tres: tienen problemas en la escuela, necesidad de hablar contigo, necesidad de que les controles los deberes. La conciliación no acaba cuando tus hijos cumplen ocho años, son más independientes pero tienen también otros problemas para los que es necesario que sus padres estén cerca, tomándole el pulso a la situación.

 

¿Pero de verdad se puede conciliar? Definitivamente sí, pero repito que es un trabajo de aldea, de reconocer esa necesidad al tiempo libre de los demás. Yo he tenido el gustazo de trabajar en empresas que intentaban facilitar la vida del trabajador en todo lo posible, ofreciendo jornadas partidas, mecanismos para que los trabajadores se sustituyan entre ellos en las emergencias, reuniones importantes en los momentos centrales de la jornada, guardería concertada con la empresa… Es un gustazo, pero repito que es también una decisión conjunta de política de empresa. La compañera que hacía mis sustituciones sabía que en cualquier momento con dos críos por debajo de los tres años, yo no me iba a presentar, o iba a tener que hacer “jornada rara” en el trabajo para compaginarla con SM. No problem. Yo sabía que a ella le gustaba salir los viernes un poco antes e irse con el novio de kikiplan y que en ese momento me tocaban sus responsabilidades. Trabajamos dos años juntas en este plan, sin una mala cara, sin un: “ya me tengo que hacer yo cargo de lo de ésta porque tiene niños”.

 

SM también trabaja para una de estas empresas y acaba de pedirse una reducción de jornada porque tenemos que estar pendientes de SB. No sólamente no le han penalizado por ello sino que le han ofrecido un ascenso dos días después. La empresa no es ninguna ONG, ganan dinero con esta política y además tienen una fidelización de los trabajadores tremenda. Así que se puede. Y de esta manera todos salimos ganando.