IV- La llamada

Se ha quedado callado. Era lo que más había temido, un silencio que ninguno de los dos pudiese o supiese romper. Pero por fortuna hemos reaccionado los dos al mismo tiempo, preguntándonos cómo estábamos. Una risa apagada ha sonado al otro lado del teléfono.
– ¿A qué debo este inesperado placer?
– Enrique, tengo algo importante que decirte…
– Me lo puedo imaginar… Hace mucho que no sé nada de tí… ¿Cuántos años? ¿Diez?
– Creo que once… Yo estoy bien, pero…
– A ver, ¿qué ocurre?
– Es Juan Ma, se ha matado en un accidente de tráfico esta mañana.
– ¡Joder!
Nunca se me ha dado bien comunicar malas noticias. Soy brusca y directa, no me suelo andar con rodeos. El sentido social jamás ha sido mi fuerte pero supongo que él recuerda mi manera de ser y no se ha sentido muy sorprendido. Alterado quizá sí, pero enseguida ha comenzado con la organización práctica:
– En cuanto salga del trabajo, recojeré a Alicia. Nos vemos en el Tanatorio.
Una mirada me ha bastado para comprobar que todo estaba en orden. Bastante comida en la nevera y el congelador, la casa recogida, todos los teléfonos necesarios al alcance de mi mano en la agenda. Es la primera vez que no voy a pasar la noche con mi hija desde que nació hace tres años. Algún día tenía que ser. Aunque no se había mostrado demasiado feliz con la idea, adoraba a su padre. Era una cría despierta para su edad y quizá la habíamos mimado un poco, sólo quizá. Era también una buena oportunidad de que pasara algo de tiempo a solas con él, antes de que llegara su hermano. Había escuchado de casos de envidias y celos terribles con el segundo y me asustaba un poco. Pero imaginaba que eran los mismos terrores a lo desconocido que me habían asaltado al tenerla a ella: la idea del parto, la responsabilidad… No me consideraba preparada para ser madre, pero supongo que nadie lo está nunca. La vida es una aventura en la que te tienes que arriesgar y la verdad es que no había salido tan mal, contando con los deslices y todo.

César tampoco se había mostrado entusiasmado con la idea del viaje. Me había hecho llamar varias veces al ginecólogo en un intento de disuadirme, pero después de que me aseguraran que no había ningún problema no le había quedado más remedio que salir a poner el coche en marcha con cara de pocos amigos. Me había despedido de mi hija mientras la vecina me repetía que no me preocupase, que ella se encargaba de echarles un ojo en esos dos días.
Creía que íbamos a conseguir llegar hasta Los Rodeos sin necesidad de tener una charla. Pero a la altura del cambio de sentido para tomar la TF5, había empezado el fuego cruzado.
– ¿Por qué vas?
– Esta conversación me resulta familiar… Supongo que porque hace menos de media hora que ha hemos tenido por última vez.
– No me vengas con sarcasmos, por favor. Sabes perfectamente que no quiero que vayas. No quiero que estés allí, pueden surgir miles de problemas, puedes tener complicaciones con el niño…
– Lo del bebé es una excusa, sabes perfectamente que ese no es el problema.
Pareció vacilar un poco, o tal vez tuvo que poner por un momento toda su atención en la carretera.
– De acuerdo, seré sincero. Me da rabia. No me gusta la idea de que vuelvas a relacionarte con ellos. ¿No sufrimos bastante la primera vez?
– Sabes que hago esto por Juan Ma.
– Pero también va a estar allí Enrique.

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III- Ali

Es más, cuando recordaba a Alicia, tenía que remontarme a los años de colegio, cuando éramos sólo ella y yo. Me resultaba más fácil aislarla de todo lo que pasó después, pensar en ella como mi compañera de estudios y de adolescencia, cuando doblábamos la cinturilla de las faldas del uniforme para que quedase un poco más corta, lo suficiente para que el borde quedase por encima de las rodillas. Éramos más ingenuas que la media y quizá aquel fue el único detalle de frivolidad que nos permitíamos compartir: jamás fumamos un pitillo a medias escondidas en el servicio, o nos maquillamos con el mismo pintalabios en los lavabos de la discoteca de turno como hacían muchas de las demás. A veces no podía evitar ponerme triste al recordarlo. ¿Dónde está todo lo que compartí con ella? Era la persona más dulce del mundo cuando se lo proponía y cuando tenías algún problema era la mejor de las amigas. Nos juntábamos en el portal de su casa y empezábamos a pensar en dónde nos íbamos a refugiar. No sé por qué lo hacíamos, ya que siempre acabábamos en la hamburguesería del barrio tomando un limón a medias. La edad y el presupuesto no nos daban para más. Pensar que todo aquello desapareció, se rompió de la noche a la mañana, es demasiado duro. Duele. Era lo más difícil de llevar, saber que dolería siempre. Que nunca más podría llamar por teléfono y preguntar por ella, como hacía cuando tenía catorce años y el mundo no parecía tan complicado como luego resultó ser.

La vida a veces muestra una ironía de lo más conseguido. Juan Ma había luchado durante años por que hiciéramos las paces, por vernos una vez todos juntos bajo el mismo techo. Y solamente con su muerte se iba a conseguir eso que tanto ansiaba. Puro humor negro. Estaba nerviosa. Lo cierto es que no era una simple llamada telefónica. Significaba tender un puente donde todos los lazos se rompieron desde hacía muchos años. Por mi propia voluntad, por la voluntad de Alicia. Una buena amiga había pasado a ser la persona que más me odiaba y la comprendía. Ella no es capaz de perdonarme y lo que no sabe es que yo tampoco soy capaz de perdonar algunas cosas. Como dicen los boleros, hay traiciones que ni el tiempo, ni la distancia son capaces de borrar. No me siento culpable, pero para mi desgracia tampoco me he sentido nunca inocente por completo. No he podido librarme de ese sentimiento durante todos estos años y por eso prefiero localizarle a él. Siempre ha resultado más fácil porque sé que no me ha guardado ningún rencor. En nuestro caso, fueron sólo las circunstancias las que marcaron el final de una amistad.

He marcado el teléfono de su empresa que me había dado María. Comunicaba. Eso me ha dejado un margen de tiempo para volver a mirar el retrato, recordad los viejos tiempos, volver a contemplar esa imagen de Enrique juvenil, rodeado de féminas como si estuviera en su elemento. Siempre parecía tener una palabra encantadora para cada una de nosotras, una sonrisa, un halago. La segunda vez he conseguido línea. El auricular me ha devuelto una serie de zumbidos regulares y antes de poder reaccionar, he escuchado su voz al otro lado del teléfono. Sorprendentemente respetada por el tiempo, como si en lugar de haber llamado para hablar del funeral de Juan Ma, fuéramos a quedar para estudiar, tomar café o intercambiar apuntes a la salida de clase.

– ¿Diga?

– Hola Enrique.

– Perdón, ¿con quién hablo?

Su tono ha cambiado, como si su interlocutora fuera una posible presa frente a la que debía desplegar todo su atractivo. Su instinto cazador no ha muerto con el matrimonio, al menos. Ocurría lo mismo cuando le llamaba en la Universidad y no me reconocía. Parecía ponerse alerta cuando una voz femenina que no tenía catalogada le sorprendía al otro lado del teléfono. Derrochaba seducción, el mismo encanto de un gato marrullero que tiene acorralado a un ratón. Sé que a algunas mujeres les ponía nerviosas, pero a mí me fascinaba esa alerta, ese cambio patente incluso a través de la línea telefónica. Tanto que muchas veces lo había prolongado yo misma, no identificándome hasta que no resultaba inevitable. No he podido resistir la oportunidad de concederme unos segundos de esa voz recordadada. Pero no era momento de juegos, con una sonrisa triste he iniciado la conversación:

– Enrique, soy Eva.

– ¿Eva?- ha dudado unos segundos – ¿Eva Andrade?

 

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II-Cuando un amigo se va

Ha muerto esta mañana. El coche en el que viajaba con un compañero de trabajo ha derrapado en la carretera de Colmenar. Los que iban sentados en el asiento delantero han fallecido en el acto. Uno de los niños que iba en el asiento de detrás, poco antes de llegar al hospital. La madre y el otro niño que iban en el coche, parece que aunque muy graves, están fuera de peligro.
María me lo ha contado entre lágrimas, destrozada. Ella misma y Juan Ma estaban hablando de tener críos… parece tan cruel que todo lo que esperas se pueda destrozar en diez minutos. Tan cruel y absurdo que no se pueden encontrar explicaciones. Yo acababa de dejar a mi hija en la guardería y me esperaba una pila de exámenes que tienen que estar corregidos antes del quince. No he podido ni siquiera tocarlos. He pasado un buen rato mirando hacia la pared, sin reaccionar. Luego he llamado a César. Supongo que he tenido que hacerlo porque aunque no guardo un recuerdo consciente de haber tomado el teléfono y marcado el número, me he encontrado hablando con su oficina. Marta era la dura oficial de nuestro grupo. Nunca derramaba una lágrima en público y rara vez en privado. Yo he intentado parecerme a ella y no llorar, pero he sido siempre muy mala alumna en ese aspecto. La noticia estaba llegando al punto de mi cerebro donde se empieza a asimilar el dolor. Hasta ese momento, un benigno anestésico había adormilado las ramificaciones del daño por la pérdida de un ser querido. No era una sensación nueva para mí. Mi gente se ha ido marchándo poco a poco: mis abuelos, mi sobrino Luis, Marta y ahora Juan Ma… No es una lista muy larga, podría ser peor, pero cada uno de esos nombres es un sentimiento de pérdida, un saber que nunca, nunca más…
He discutido con César sobre qué hacíamos. No parecía muy dispuesto a venirse conmigo a Madrid, pero tampoco entusiasmado con la idea de dejarme ir sola. En el fondo le comprendo, él nunca llegó a integrarse en el grupo y con la historia pasada que existe, lo normal es que insista en que mande un telegrama y me olvide del tema. Al final he logrado convencerle de que se quede él con la niña, tiene compromisos que no puede cancelar. Yo puedo permitirme la escapada. No hay mucho moviemiento en la Universidad en estos días. Los exámenes de mi departamento ya han terminado y las correciones pueden esperar un tiempo. He confirmado a María que iba para allá y después de darme los detalles del Tanatorio, ha sido ella misma la que me ha pedido el favor de que avisara yo a los compañeros de la Universidad, a los de siempre. He organizado la reserva en el último vuelo. Iba a ir, iba a velar el cadáver de mi amigo, porque sería yo misma la que vería la huída como una cobardía en estos momentos. Y ahora que está todo decidido, no queda ninguna excusa más. Tengo que hacerlo, tengo que llamar a Alicia y a Enrique.
No sabía cómo estaban ahora. Las únicas imágenes que había guardado de ellos eran las fotos y los recuerdos. Algo estático, que no cambia y que no les había permitido envejecer, al menos en mis pensamientos.

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I-Tal como éramos

Por aquel entonces se llevaba mucho lo de establecer grupos, como si la sociedad fuera una especie de catálogo en el cuál todos tuvieramos una página asignada y definida. Pero por más que intento clasificarnos, no soy capaz de encontrar el sitio en el que cuadrábamos. Tal vez porque no encajábamos en ninguno y siempre formamos una cuadrilla aparte. No pertenecíamos a ninguna tribu urbana, ningún partido político, ningún clan en particular. Ni siquiera no parecíamos entre nosotros. Había de todo, como en botica, sabiamente mezclado para difuminar los restos de la amalgama que nos unió. Supongo que éramos niños bien, de clase media, universitarios del montón situados en un vacío temporal entre la generación “X” y la del Kronen. Me imagino que somos el eslabón perdido que surgió entre ambas, tan insignificante que no mereció ni la pena dedicarle unas líneas en su momento. O lo que ocurre es que cualquier esfuerzo por tratar de dividir a las personas en categorías, en compartimentos estancos está condenado al fracaso.

Éramos jóvenes, pero no me identifico con nada sobre lo que se ha escrito sobre la juventud de mi época. No me veo reflejada en las guerras generacionales, en los adolescentes problemáticos fuera de la sociedad, en las historias de ángeles o demonios que se contaron. Porque supongo que la mayoría éramos gente normal, mecida por las circunstancias, por los logros conseguidos y por los problemas. Teníamos sueños, ambiciones, deseos y metas que queríamos alcanzar y no nos importaba tener que trabajar duro para cumplirlos.

Tenía 24 años. Y hoy, doce más tarde, el recuerdo de aquellos días sigue aquí, tan doloroso y lacerante como si el tiempo hubiera decidido quedarse anclado en ese punto, no avanzar. Todo vuelve a ese instante. A la foto en los escalones de la Facultad. Los personajes somos Alicia, Enrique, Juan Ma, Marta y yo. El core de una relación. El principio de una geometría amorosa a demasiadas bandas, demasiado complicada de manejar. Ellos posando allí: Alicia mirándose en la cristalera, sólo un momento para comprobar que estaba perfecta. Enrique abrazándola y enfrentándola al objetivo bajo la mirada extraviada de Juan Ma. Marta un poco alejada del grupo, como si se encontrase en un aura aparte de los demás, seria y expectante. Mientras yo le mostraba el manejo de la cámara a un voluntario y corría, ajena a todo lo que ellos ya habían organizado y me limitaba a colocarme en el lugar que se me había asignado en el grupo.

No quiero contar una historia sobre mi generación, quiero contar la nuestra. Porque si hubiera sido otro, y no Juan Ma el que hubiera tenido el accidente no estaría dándole vueltas al tema. Bastarían unas líneas de condolencia en un telegrama que ni siquiera tendrían por qué ser sentidas… Pero con él no puedo hacerlo. Tal vez porque Juan Ma, a pesar de su pequeña traición, ha sido el único que se ha mantenido conmigo a lo largo de los años.

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