Hablar por hablar

„Todo el mundo tiene derecho a tener su opinión” es una de las frases comodín que más odio en este mundo. Y me la tomo a mal no por el contenido, que al fin y al cabo es verdad que ese derecho existe, sino porque es la frase que todo el mundo usa en el contexto equivocado.

Pongamos un ejemplo: dos amigas se toman un helado en la terraza de un café. La una pide chocolate, la otra fresa. La una piensa que el chocolate es el sabor de helado por excelencia y que no puede ser superado por ningún otro sabor, su amiga opina lo mismo de la fresa. Cada uno tiene derecho a tener su propia opinión y santas pascuas…. Pero que ocurre si el tema de la conversación es si la tierra es plana o es redonda… Imaginad que la que cree en la tierra en forma de disco, después de escuchar un par de argumentos y razones que prueban lo que reconocemos como válido, corta en seco la conversación con la misma frase: “es que yo tengo derecho a tener mi opinión”. ¿Parece absurdo? Pues no lo es tanto. Si no lo creéis, os propongo un pequeño experimento. Intentad dejar caer un par de frases completamente neutras (ojo, es importante soltar la frase tal y como está escrita, no vale adornarla que entonces puede que deje de ser neutra) como estas dentro de cualquier conversación de vecinas que tengáis la semana que viene:

“La lactancia materna es la mejor alimentación para el desarrollo de un bebé”
“La genética es uno de los factores que determina la capacidad intelectual de las personas”

y luego me contáis qué tal ha ido el experimento.

Tenemos varios problemas entre manos en este tipo de discusiones. Así que he pensado que una pequeña guía sobre cómo tratar el tema de la opinión y sus ramificaciones, no estaba de más.

Nos hemos instalado en una especie de mediocridad en la cuál, por no herir sensibilidades ajenas, parece que no se le puede decir a alguien a la cara que lo que está comentando es una soberana tontería. Todo el mundo se siente en la necesidad de compartir lo que piensa sobre cualquier tema, sin pensar antes de compartirlo:
No es lo mismo una opinión, que los hechos.

Así de claro: sabemos que la tierra es redonda, que la creación no necesita de ningún diseño inteligente porque con la evolución basta y sobra para explicarla, que las explicaciones que menos hipótesis previas requieren suelen ser las más probables… vivimos en un mundo en que el método científico nos garantiza que las hipótesis e ideas que salen a la cancha van a ser probadas e interpretadas de distintas maneras y si no son capaces de adaptarse al peso de la prueba se les corta la cabeza sin piedad. ¿Qué hay errores, equivocaciones e incluso fraude? Seguro, pero prueba de que hemos mejorado es que nos hemos dado cuenta de que el pescado azul es bueno para el corazón en menos de treinta años mientras que la tierra siguió siendo el centro del Universo durante más de un milenio porque es muy difícil tumbar abajo una verdad revelada. Moraleja: reflexiona siempre si sobre lo que estás “opinando” no es en realidad un hecho probado.

Y sí, tener una opinión sobre algo es positivo, nos ayuda a orientarnos en un mundo cada vez más complicado. El problema es que ya no se nos inculca, ni se nos informa desde pequeños de que la opinión hay que cultivarla y formarla antes de lanzarla al viento:
No todas las opiniones son iguales, ni siquiera son igual de respetables.

En los foros de internet, yo normalmente alucino, porque todo quisque es experto en aviones, cocina, educación y política internacional. Y yo que no he parado de estudiar en toda mi vida y me leo “The Economist” de cabo a rabo siempre que lo pillo entre manos, me veo como muy lerda porque lo único a lo que llego es a sugerir que aunque de cuando en cuando los aviones se caigan en vuelo, el avión sigue siendo estadísticamente uno de los medios de transporte más seguros que existen. Y lo digo porque cuando me daba miedo volar, me empollé todas las estadísticas que había publicadas sobre el tema. A lo que íbamos, si estoy hablando de medicina, las opiniones de un médico siempre me producen más respeto que las de cualquier persona que no sepa distinguir el esternón de la tibia. Moraleja: si vas a repetir o apoyar una opinión, aseguraté de que la fuente que la emite es la adecuada. No todo lo que está escrito por Internet es válido.

Puede parecer por el punto anterior que soy una persona que le tiene un respeto absoluto a la jerarquía y resulta que normalmente suele ser todo lo contrario. Lo que yo respeto mucho es la experiencia y la capacidad de hacerse preguntas, no los títulos. Los físicos estamos muy acostumbrados a ver cómo la naturaleza se pasa la vida dándole cortes de manga a la Academia. Así que si las cosas que estás escuchando no te cuadran de alguna manera, sencillamente no te fíes:
Aunque la opinión sea de alguien que está informado sobre el tema, desconfía si no puede explicartelo con datos.

demin

Porque como he dicho antes, una de las prerrogativas de la ciencia es la capacidad que tiene de alimentar o hacer morir las premisas de las que parte. Ya lo dijo Deming hace ya algunos años: “Confiamos en Dios, pero todos los demás tienen que traer datos”. Y hasta que no me den más datos sobre los temas, me reservo mi opinión.

Porqué no soy feliz… ni me apetece serlo

Ha llegado la hora de, ahora que estoy más fuerte y puedo verlo por escrito sin echarme a llorar como una magdalena, confesar algo que los que llevéis conmigo algún tiempo ya habéis podido adivinar por las alusiones que he ido dejando caer en los últimos meses. En ocasiones sufro de depresión. Y como este es un blog sin Photoshop, ni demasiado maquillaje, tengo que decir que ahora mismo salgo de una que ha podido ser bastante gorda y en la que, por primera vez en la vida, he tenido que tomar la decisión de medicarme. La decisión no la he tomado a la ligera, ni la he tenido que tomar porque haya sido peor que otras veces, sino porque hoy en día hay dos pequeñas personas que dependen de mí y me necesitaban cuanto antes de nuevo al 150%.

Pero la depre y yo somos compañeras desde hace tiempo. Y os puedo jurar que es una de las enfermedades más incomprendidas de la tierra. Porque si bien es cierto que es una enfermedad que tiene mucho que ver con lo que piensas, con cómo está conformada tu estructura mental, el que la sufre no tiene control sobre la enfermedad que está sufriendo. Y nadie le dice a un diabético que pensando en positivo se le va a regular el azúcar, pero sí que es frecuente escuchar que uno está deprimido porque quiere. No voy a hacer comentarios al respecto. Simplemente os dejo este TED, el en cuál se describe de manera perfecta lo que significa la depresión: la ausencia completa de impulso vital.

https://embed-ssl.ted.com/talks/lang/es/andrew_solomon_depression_the_secret_we_share.html

Otra cosa que se confunde a menudo es la depresion con la falta de felicidad. No es cierto. Soy la misma infeliz que era hace unos meses y ahora no estoy deprimida. Una de las ventajas de tener una terapia seria en estos momentos es esa, que examinas conceptos de la vida y los vuelves a redefinir. Ayer os ponía eso de que la felicidad es una situación de contento con lo que nos rodea y yo no puedo estar satisfecha. Vale, lo que me rodea a mí es canela fina, podría tener unos hijos mejores, un marido mejor, una casa mejor… pero no serían mis hijos, mi casa y mi marido. Son geniales, así como son… Pero siempre he sido incapaz de quedarme en mi pequeño círculo y siempre veré esas tragedias humanas que me impiden la felicidad. ¿Cómo voy a ser feliz en un mundo en el que cada año mueren 7,6 millones de niños por algo tan evitable como el hambre? ¿En un lugar en que 20% de la poblacion tiene el 80% de todos los recursos del planeta? ¿dónde se tira comida por simples hechos políticos o económicos? ¿donde abundan los políticos con parientes y tarjetas black? ¿donde la diferencia entre lo que ganan los más ricos y los más pobres es cada vez más extrema? Lo siento, estas cosas me producen una gran insatisfacción y siempre me la producirán. Siempre seré una infeliz…

Lo que la terapia me está enseñando es que ser no feliz no es malo. Pero tengo que aprender a serlo sin perder mi alegría y mi brillo personal. Aceptarlo: soy así, soy la gruñona que siempre ve el punto malo de la situación. No lo hago a mala leche, siempre lo hago así para buscar un punto de mejora. Ahora tengo que concentrarme ver también lo mucho bueno que le acompaña y aceptarlo también así. Y regocijarme en ello. Nunca seré feliz, pero sí que puedo seguir siendo la persona alegre y vital que soy en mis momentos buenos. Toda mi vida…

Inseguridad Social

En el último mes me han llegado un par de casos por diversas redes sociales que me recuerdan que aquello de que la crisis ha pasado todavía parece no haber llegado a los ciudadanitos de a pie. O quizá dicho de otro modo: parece que estamos vivos, pero hemos dado una pierna y un brazo por el camino. Y si estuviéramos todos igual de jorobados, creo que la mayoría lo entenderíamos: nos hemos enfrentado a un tigre y nos ha mordisqueado un poco. El problema es que el ciudadanito de a pie tiene cada vez más la sensación de que el “bwana shaib” político nos ha lanzado por delante de los leones y él ha salido de rositas y sin ganar ninguna enseñanza de todo el tema.

Empecemos por esta, leída hace poco en twitter…

Bronquitis

 

Me fallan las palabras. Me parece de una cortedad supina por parte del empleador. Vale que puede que exista mamoneo con el tema de las bajas laborales, pero la bonquitis es una enfermedad que normalmente tiene origen vírico y por lo tanto por “ganar” una jornada de trabajo de esta mujer están exponiendo a todos los demás empleados y a los clientes a un proceso infeccioso… Aquí es donde se agradece que en Alemania lo tengan claro y que piensen que como se ha de pagar también la baja de los demás trabajadores que contraigan la enfermedad, los virus se dejen donde corresponden, que es en casita, sin que el empleador pueda decir mucho al respecto sin quedar como una mierda…

Y poco después de leer la anterior, me fijé en la que sigue. Solamente de leerla sentí dolor y no se me ha pasado del cuerpo desde entonces…

ColonoscopiaBueno, repetimos lo dicho arriba. Me creería que hay que hacer un esfuerzo económico semejante y meterle la cámara a esta muchacha por el culo sin anestesia, si no hubiera leído lo de las tarjetas black o lo de la venta del Palacio de Pedralbes en la prensa. Pero es que el caso que explico a continuación ya nos demuestra que lo importante no es el ahorro, sino mantener los reinos de taifas de cada uno.

De la misma categoría es un whatsapp que me llegaba por medio de una amiga la semana pasada: a su sobrino de cuatro meses, con determinados problemas desde que nació, necesitan hacerle una serie de pruebas, y debido a la edad del peque no están todas disponibles en su comunidad autónoma. Bueno, pues la Comunidad de Madrid, muy ufana ella, ha decidido que a un crío de cuatro meses es preciso realizarle dos biopsias en lugares distintos bajo anestesia porque una de las pruebas sí que se puede realizar en el lugar de residencia del bebé.  Aparte del desvarío de tener que duplicar dos quirófanos, dos anestesias y dos operaciones (ahorro total, vamos, hace poco una amiga médico decía que la Sanidad tendría que gestionarla un ama de casa con sentido común y leyendo casos como éste, me lo creo), bueno, aparte de eso, que me lío sola hablando, cuando se le comenta al médico de que es un crío muy pequeño para semejante trote y de que además ya ha tenido reacciones negativas a la anestesia, el gran profesional responde muy ufano que la alternativa es hacer la biopsia en Madrid sin anestesia porque total, “es un bebé” (se ve que en su mundo los bebés no sienten dolor… o lo más probable, no le pueden meter una queja, o quejarse en las redes sociales).

Comentario personal cabreado tachado para que parezca que se me ha pasado ponerlo en abierto: a este “señor” y al cabrito del médico que me atendió en el postparto de SG y que decía que el dolor de la cesarea mal cerrada era algo “subjetivo” me encantaría hacerles una operación de fimosis en vivo y también sin anestesia, total es solamente un pellejito subjetivo…

En este último caso están intentando negociar que hagan las dos pruebas en el mismo día, pero si la cosa se tuerce y la familia de mi amiga decide mobilizar el caso en las redes sociales, puede que apele a vuestra colaboración ciudadana en un futuro.

 

Y entre tanta locura, me llega una voz que siempre me dice cosas cuerdas desde ese Buenos Aires querido, que tanto nos gusta tanguear a los dos. Algo que no debemos de olvidar, lo que me lleva a escribir este post aunque yo ahora mismo no tenga nada personalmente de lo que quejarme. Olvidamos que nuestros derechos pasan a ser nuestros a base de reivindicarlos y ejercerlos. Si nos acostumbramos a ellos, si damos por sentado que nos pertenecen, nos estamos acomodando en una situación que no puede durar mucho. No abandonemos la lucha, como buena física creo que gastar energía es la única manera de poner orden en medio del caos.

Manuel

Juego de niños

Siempre que llegan estas fechas andamos liados con la llegada a las casas de los Reyes Magos (hago apología de los tres, porque a mí siempre me trajeron ellos las cosas, el gordo de la barba es como dice Supergüeli “un engendro extranjero”). En la Superfamilia lo cierto es que llegan un poco en plan esquizofrénico por aquello de que nosotros no nos encontramos en el país y vienen cuando pueden.

Y con los Reyes empieza generalmente el bombardeo de “me lo pido” y la discusión de si los juguetes son de chicos o de chicas. He tenido discusiones apasionadas sobre el tema a costa del catálogo de Toy Planet, con la lavadora automática que se pidió Supersobrino en el 2012 y durante toda la infancia de Superboy en su momento “pinchecha” (tenía una hermana mayor: durante el primer lustro de su vida se pirraba por ponerse faldas, pintarse las uñas, llenarse de collares y repetir que era Cenicienta).

Salvo el tema de las uñas, que sigue gustándole pintárselas un montón, lo demás ya no lo hace. La pena es que seguramente no será porque no le guste, sino porque la sociedad alrededor suyo le marca los estereotipos más normales relativos a su sexo. Aunque tampoco me parece tan malo. Soy la primera en insistir que los hombres y las mujeres somos biológicamente opuestos: durante miles de milenios de evolución nos hemos especializado en distintos papeles y es normal que ciertas cualidades y preferencias se hayan desarrollado en paralelo a esta especialización.

Y hasta ahí la parte biológica. Pero lo importante es que los humanos llevamos los mismos milenios evolucionando en otra característica, que nos hace humanos por encima de nuestro sexo, nuestra raza o nuestras características personales: la capacidad de adaptación. Y dado que somos los animales más adaptables que ha producido este planeta no me puedo creer que estémos tan condicionados por esas diferencias biológicas como parecen asumir algunos. Siempre uso el mismo ejemplo: SM mide metro noventa y yo no llego al metro setenta. Los dos somos perfectamente capaces de bajar los trastos del estante más alto de la cocina. Cada uno, eso sí, usa una técnica adecuada a su tamaño.

En definitiva, que sí, que las mujeres no somos hombres, ni viceversa, pero los gustos personales pesan bastante más a la hora de elegir un juguete si no hay presiones sociales por el medio. No se trata de impedir que los varones jueguen con coches y balones y las chicas con cocinitas y muñecas. Se trata de poner todos esos juguetes al alcance de los niños, que ellos ya decidirán lo que sea acorde con su personalidad y su gusto. Yo soy una de esas crías que al parecer se gestan entre elevados niveles de testosterona y que siempre han disfrutado tanto cocinando y haciendo punto como haciendo agujeros en la pared con la taladradora. Y hubiera agradecido mucho que me hubieran regalado el juego de bricolaje también los Reyes Magos…

Yo al menos veo mucha más diferencia entre mis hijos como personas que diferenciando los sexos (tengo chico y chica en casa). Y como tal, hace mucho tiempo que me rijo por el diagrama de abajo a la hora de elegir juguetes para mis hijos. Si es adecuado para su edad, para sus gustos y para nuestro presupuesto, es un buen juguete.

Juguetes_nosexistas

Felices Reyes “Majos” a todos.

Esquizofrenia festiva

Mientras escribo el primer párrafo de este mensaje, es muy posible que tres niños hayan muerto de hambre u otras causas igual de evitables en este mundo que me ha tocado vivir. Lo mejor del asunto es que os puedo dar la buena y la mala noticia al mismo tiempo: con los recursos que se producen actualmente en el planeta se le podría dar una vida digna a todas las personas que están en él, sin hacer mucho más que repartirlos adecuadamente. Pero claro, eso significaría a lo mejor un único Regalo de Reyes para cada persona en el mundo y no poder cambiar de cámara o de teléfono móvil cada dos años. Sí, lo sé, soy una aguafiestas pero es que precisamente las Fiestas que nos tocan vivir dentro de poco me producen dentera y esquizofrenia (no la enfermedad mental, mucho más seria por supuesto, sino la impresión innegable de que la mayoría de lo que hago no está en armonía con aquello que pienso).

 

No voy a tirar piedras fuera de mi tejado y decir que la sociedad me obliga. Tengo muy claro que las obligaciones sociales a las que me he atado las he elegido yo solita y podría perfectamente haberme ido a vivir mi vida fuera de Omelas. Pero si tengo que decir que es un factor importante en este asunto, qué precisamente porque tengo fama de aguarle las fiestas a la gente, he empezado ya el monólogo en plan autodefensa. “Siempre eres tú, hija mía”, repite Supergüeli sin descanso. Siempre soy yo la que no quiere que entierren en juguetes a mis hijos, la que piensa que han comido suficientes dulces, la que regala únicamente libros por Navidad, la que preferiría hablar todos juntos a poner la tele… Siempre yo. Y no solamente se lo hago a ellos: me lo pienso mil veces antes de comprarme nada nuevo (a pesar de que económicamente podría permitirme muchos más caprichos de los que me permito), prefiero sacar libros de la Biblioteca a comprarlos, busco y doy vueltas extra para evitar tirar las cosas a la basura… y con todo y con eso siempre ando con sentimiento de culpa por la vida. Porque sé que tengo más de lo que quiero y que muchas personas no tienen nada y han perdido por como está el mundo montado la posibilidad de tenerlo.

 

Puede que yo no tenga la culpa directa de lo que le pasa a la sociedad: no controlo la banca internacional, no soy dueña de ningún imperio financiero, no tengo personas a mis órdenes y muy pocas a mi servicio (la señora que cuida a los Supernenes y la que nos pasa el mocho una vez por semana). Según SM solamente podemos meterle mano a aquello que hacemos nosotros mismos e intentar vivir lo más sanamente posible la esquizofrenia de saber que la persona que ha cosido ese jersey tan mono que me acaba de regalar Supersuegri probablemente tendría para comer durante medio año con lo que hemos pagado en la tienda por el jersey me pone el alma a la altura de las botas (que seguro que alguien más me habrá regalado para hacer juego con el jersey). Las veces que he intentado comunicar suavemente que preferiría que no me hiciesen regalos y dedicasen esa cantidad para donar, por ejemplo a Cáritas o al Banco de Alimentos, casi he salido a taramazos con la familia extensa. La conclusión al tema siempre ha sido: “si tú quieres amargarte la vida, tú misma, pero no le vas a estropear la Navidad a los críos así que nosotros les regalamos”. Y ya tienes un problema de conciencia encima, porque si ellos regalan a los tuyos, a tí no te queda tampoco más remedio que regalar si no quieres parecer interesada.

 

Y el segundo gran argumento a favor del consumismo: que si yo no nos damos un homenaje de cuando en cuando, si no compramos nuevos vehículos, nueva ropa, si no salimos de vacaciones a hoteles, ni gastamos nuestro dinero… habrá mucha gente que se quede en el paro y no pueda a su vez gastar ese dinero para otras personas. Es desde luego un argumento poderoso, pero como de costumbre, vuelvo a entrar en modo de esquizofrenia: me encantaría tener el tiempo y la energía para buscar y conseguir los productos locales que han sido producidos de manera lo más respetuosa posible con el medio ambiente. Y que además esos productos a ser posible no parezcan sacos de esparto o no sean absolutamente intragables o incómodos… Vuelvo a pedir demasiado, a dar demasiadas vueltas a la cabeza. Soy la reina de la comida “take away”. Esta semana he salido de casa el lunes y no volveré hasta el viernes, si se dan las cosas bien. Por supuesto, lo de llevarme la tartera o el termo de café para cinco días resulta incomodísimo, así que ya estoy viviendo otra vez de una manera que no quiero. Me paso la vida sientiéndome mal por no poder ser radical ni de un lado, ni del otro…

 

Así que no, no soy nada navideña porque lo que me encantaría en Navidades es hacerle un corte de manga al consumismo: pasar una velada agradable con los míos, en la cuál comiésemos un menú variado sin pasarnos. La tele estaría prohibida y pondríamos velas por todo el salón… Y nos regalaríamos las sonrisas y la felicidad de saber que otro año más hemos conseguido estar todos juntos, que es el mejor regalo que se me puede hacer hoy en día…

 

Lo dicho, como una cabra.

Menosválidas

Ha llegado el momento de confesaros que sufro de “menosvalía”. Sí, sí, no me he equivocado al escribir la palabra. Y es una condición en la que probablemente me acompañan muchas de las personas que leen estas líneas aunque todavía no lo sospechen.

Yo la verdad es que me olvido muy a menudo de esa “menosvalía”. Porque padecer que te consideren “menosválido” realmente no te impide hacer cosa ninguna, ni te coarta en lo personal para vivir una vida plena. Pero resulta que hay meses que se empeñan en sacarla a pasear por todas partes: una mujer que dice que como empresaria ella preferiría contratar a hombres porque las mujeres se piden bajas laborales para tener hijos; un gestor del ayuntamiento (y para colmo que tiene un cargo de relevancia en el consejo de la familia de su partido político) que releva de su puesto a una persona de confianza y pone como excusa que esa persona (que trabaja a jornada completa) no se va a quedar calentando la silla por las tardes porque es madre de familia; el anuncio en el periódico que pone textualmente que “las mujeres, los minusválidos y otras minorías pueden optar a esta plaza“ (lo de llamar “minoría” a casi un 50% de la población mundial manda muchas narices); esa amiga mía que después de pedir durante algunos años una beca de investigación y no conseguirla (según su jefe porque no preparaba suficientemente bien los documentos) resulta que tiene que escuchar de ese mismo jefe cuando se la dan que “es obvio que en esa ocasión tenían que cubrir un cupo de plazas femeninas (como dice mi amiga, “si pierdo soy yo, si gano es que me ayudan… no tengo manera de triunfar de verdad”)… La “menosvalía” se da en todas las capas sociales, en todos los estamentos y está mucho más extendida de lo que se cree.

Como decía al principio, estoy segura de que muchas de las personas que me leen, acaban de darse cuenta de que son tan “menosválidas” como yo. Y no os penséis que éste es un alegato feminista solamente. Aquellas personas que realmente sufren alguna minusvalía de algún tipo (sé que algunos de ellos prefieren clasificarse como gente especial y de alguno que directamente se ha puesto el mote de retrón… a todos ellos mi mayor respeto, porque torear en la plaza que torean, sí que es ser valientes) también sufren del mismo problema. Y las famosas minorías también (lo sé porque yo soy extranjera en mi aldea y hay personas que según abro la boca y me escuchan hablar con acento, ya dan por hecho que soy idiota o que trabajo usando mi cuerpo en lugar de mi cerebro). Y lo malo que tiene la “menosvalía” es eso, que existe solamente en los ojos, en los oídos y en los pensamientos de las personas que juzgan al menosválido, no es una barrera real, por eso es tan difícil acabar con ella.

 

Supongo que hay gente que en lugar de llamarlo “menosvalía” preferiría llamarlo prejuicio, pero esa me parece una palabra demasiado elegante para describir un tema que apesta y lleva tiempo apestando, porque se pueden hacer declaraciones semejantes a las que he escrito, sin que haya más reacciones que un cabreo general por parte de las partes afectadas. Yo me he decidido a vivir mi vida con esta tara, concentrándome en aquellas personas que realmente son capaces de ver la valía que se esconde bajo los estereotipos.

Y otra vez como si nos despertásemos con la misma radio, ocurre que MR le está dando vueltas al mismo tema que yo… Os recomiendo el vídeo de las princesitas malhabladas que pone ella en su página (yo sabéis que prefiero no soltar tacos) y que nos recuerda que lo peor de todas las menosvalías es que se manifiestan desgraciadamente en consecuencias reales para el considerado “menosválido”…

Los empresarios y el maravilloso mundo de los champiñones

Pensaba contaros hoy que estoy pasando por una crisis. Pero como es algo en lo que llevo muchos meses y lo bueno que tienen las crisis es que tienden a durar tiempo y seguramente el mes que viene pueda hablaros de ello con la misma actualidad que hoy, he cambiado de tema. Porque crisis o no, hay cosas que me revuelven las tripas.

Vamos a dejarnos de chorradas. Mónica de Oriol se ha quedado corta. Todo el mundo sabe que para aumentar la productividad hasta límites sobrehumanos, lo mejor es la esclavitud. Vale que está demostrado que únicamente ocurre en trabajos mecánicos y repetitivos, que en aquellos puestos que requieren creatividad y capacidad de decisión, eso de la rutina y el látigo en la mano termina por desmoronar los cimientos. Pero para qué vamos a engañarnos, con el empresariado que tenemos en casa, no da la cosa para más. Mi madre decía que Dios le da mocos a quien no tiene pañuelo, cosa que dudo porque soy tan atea como Hawking. Pero lo que tengo por cierto es que el dinero cae muchas veces en manos de gente que no tiene ni idea de como menearlo (porque la señora Oriol no es rica porque se haya hecho a ella misma, entonces a lo mejor la tenía un poquito de respeto; es rica porque viene de familia rica y así también consigo ser yo empresaria de postín, oye). Así que lo tenemos claro. Tanto ella, como sus hijos (¡seis, ni más, ni menos!), supongo que son el fruto de una reproducción por esporas, como todos los champiñones que se sientan por ahí en las juntas directivas. Porque espero que esta señora no haya tenido la cara de tomarse ni una baja laboral por embarazo en ninguna de las seis ocasiones que ha podido ejercerla (sabéis que soy la primera que abogo porque exista una baja laboral larga durante los primeros años de la vida de un bebé… y sabéis también que soy de las que creo que se tendría que flexibilizar lo más posible las maneras de poder ejercer esa baja, incluido el reparto entre los dos conyuges si fuera menester).

 

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Foto de la última reunión del Círculo de Empresarios antes de dedicarse a la emisión de esporas y gilipuerteces…

Pero para mí el problema no es que esta señora piense que la reproducción por esporas es lo más cuqui del barrio. Todos los empresarios piensan igual. La diferencia está entre el grupo de los que piensan únicamente en la manera de maximizar su beneficio (los más cafres: esos para los que somos únicamente un “recurso humano” a putear, que no parecen tener en cuenta que habrá un futuro y que ese futuro a lo mejor depende del hijo de la que acaban de despedir por quedarse embarazada) y el grupo de lo que piensa en la manera de optimizarlo (los más inteligentes, esos que se dan cuenta que una mujer entre los veinticinco y cuarenta a lo mejor se les puede tomar unos meses de baja laboral, pero también tiene, demostrado estadísticamente, muchas menos bajas por enfermedad propia, mucha más lealtad a la compañía y bastante más concentración a la hora de realizar y asignar tareas… todo esto no lo digo yo, me lo han dicho jefes que han confiado en mí a esa edad y con dos hijos pequeños cuando les he preguntado las razones por las que me contrataban). La diferencia entre los países más civilizados, aquellos que siempre digo que deberían ser el ideal al que aspiramos como sociedad, es que en ellos los cafres se piensan muy, mucho lo que dicen y hacen en público, porque la mayoría de la gente está con la visión y la opinión de los inteligentes… me pregunto a veces si queremos ser como Suecia, o como los E.E.U.U.

 

Por una parte algo le tengo que agradecer a la champiñona ésta. Creía que estaba tan sumergida en mis pensamientos que todo y todos me resbalaban. Al menos me he dado cuenta de que semejantes chorradas me siguen haciendo hervir la sangre en el cuerpo.

 

Merece la pena mojarse

A estas alturas del verano, hasta yo que he pasado algunas semanas alejada del todo del mundanal ruido, me he llegado a enterar de lo que es el “Ice Bucket Challenge” o “Reto del cubo de agua hELAda”. Pero sabéis que siempre me gusta aclarar sobre lo que estoy hablando por si hay algún rezagado: este reto ha empezado en Estados Unidos este verano y en él, famosos de “desafían” unos a otros a tirarse encima un cubo de agua helada y donar diez dólares a la asociación que . También puedes elegir no tirarte el cubo y donar 100 dólares a la misma asociación.

No voy a poner el vídeo de ningún famoso cumpliendo el reto. Voy a poner el de Anthony Carbajal y os pido por favor, que lo veáis hasta el final, o que le dediquéis los cinco minutos que dura (a partir del minuto dos), porque los merece:

Como dice este chaval, tendemos a ignorar lo que puede ir mal, tendemos a ocultar la enfermedad, la pobreza y a volver la cabeza ante circunstancias así. No es que seamos malvados, no somos irresponsables, simplemente seguimos una programación biológica que nos lleva a ignorar este tipo de cosas. Porque nos asustan sobremanera. Tenemos miedo a la enfermedad, al dolor, a la pobreza… Por eso es importante que conozcamos este miedo que tenemos, pero también es importante que sepamos que lo poco que podamos hacer, ayuda.

Hace un tiempo que completé un curso universitario en Coursera que se llama “Moral para la vida diaria”. El profesor Paul Bloom, aparte de ser un orador excelente y bastante provocador describe en este curso el porqué de este tipo de perjuicios (al menos, lo que parece que se ha averigüado con una base científica sostenible hasta este momento). Y una de los conceptos que me encantó descubrir durante ese curso fue el concepto del altruismo efectivo, propuesto en un sencillo experimento mental por Peter Singer.

La premisa de Singer es que todos nosotros, en el primer mundo, tenemos la capacidad de salvar vidas mediante la donación de dinero que si no dedicaríamos a lujos superfluos, pero que es conveniente donar con cabeza y elegir acciones con resultados efectivos. Singer explica como Toby Ord, un filósofo australiano, calculó hace algunos años que donando el 10% de lo que iba a ganar durante toda su vida laboral podía marcar una diferencia significativa sin dejar de tener una vida cómoda y con un cierto lujo (está casado, es profesor universitario y tiene una hipoteca y creo que hijos también). Con el paso del tiempo se ha creado una fundación que propone donar al menos el 10% de lo que ganas en tu vida laboral para redistribuir la riqueza en el mundo.

Así que esa es mi proposición: basta de cubos de agua fría y vamos a mojarnos todos, cada cual en la medida de nuestras posibilidades, de lo que sepa, tenga o pueda hacer. No siempre tienes porqué dar dinero, a veces incluso una pequeña sonrisa basta:

La lista de posibilidades no tiene límite, basta con mirar en internet y encontrar la vuestra propia. Yo os dejo aquí un par de sugerencias porque me tocan personalmente y demuestran que las donaciones pueden empezar desde lo más pequeño, hasta el infinito…

  1. … pedir tu dorsal solidario de “Uno entre cien mil” -> (1 Euro)
  2. … regalar tu tiempo a alguna asociación cerca de tí -> (ésta no cuesta ni un duro)
  3. … donar un tanto por ciento de tu compra semanal al Banco de Alimentos o a Cáritas cada vez que hagas una compra -> (A tu gusto, dependiendo del porcentaje que quieras poner… ya solamente unos céntimos por compra a final de año marcan la diferencia)
  4. … apadrinar a un niño (cerca de 15 Euros mensuales, dependiendo de la asociación con la que trabajes)
  5. … apadrina una bici
  6. o dona la que vayas a tirar y dale una segunda vida…

  7. … hacerte donante de órganos y llevar el carnet contigo siempre (Otra que no tiene precio… y no te preocupes, que cuando los den tú ya no vas a necesitarlos seguro)
  8. … hacerte donante de médula (si te toca, perderás dos o tres días de tu vida como máximo)
  9. … organizar un acto de recogida de fondos en tu escuela, en tu lugar de trabajo
  10. … celebrar este año un cumpleaños solidario: tú invitas y pides que en lugar de regalos, hagan una donación (Depende de tu número de amigos, pero se puede solventar por menos de 100 Euros)
  11. … y por supuesto donar a ADELA pero sin necesidad de pillar una pulmonía doble para hacerlo… (lo que se dice un Charlie Sheen, vamos)

Así que yo os reto a todos y a cada uno de vosotros que me leeis: hasta Septiembre de 2015, hay que mojarse. Os reto a poner en práctica el reto de Singer, y retar también a las personas que tengáis a vuestro alrededor, explicándoles que lo importante no es la apariencia del reto, ni que lo publiquemos en internet: lo importante es mojarse por otras personas…

 

Tereto

 

Yo quiero estar gorda como Scarlett

Hemos perdido los papeles. Es un tema que a mí ya no me afecta, aunque hubo una época de mi existencia en que me iba la vida en ello (literalmente… perdí bastantes kilos a base de hacer burradas con mi organismo que hoy en día me hacen llevarme las manos a la cabeza). Yo al final recuperé un poco el norte y la cordura, pero veo que la sociedad cada vez transforma, impone y exige unos criterios absurdos e irreales a los cuerpos, tanto masculinos como femeninos. Y tengo una hija de diez años, una niña con el mismo cuerpo y las mismas redondeces que tenía su madre… una niña que antes del verano había empezado a dejar de comer porque uno de sus compañeritos le llamaba “bola de sebo”. Así que no me queda más remedio que hablar sobre ello y hablar clarito.

Creo que comprendí que la cosa no ha cambiado demasiado (o incluso ha empeorado), desde mi adolescencia, el día que escuché como llamaban gorda a Scarlett Johansson. Por poco me da un síncope. Porque si ella está gorda, lo mío, a estas alturas de verano después de un par de raciones de morcillas de Burgos sin previa sesión de zumba, tiene que estar rozando la obesidad mórbida. Y no creo que sea para tanto. Creo que hay unas expectativas brutales y completamente equivocadas sobre como tiene que verse un cuerpo humano, que solamente personas que se dedican a vivir por y para su cuerpo, pueden cumplir.

El problema no es que deje o no deje de haber tallaje para todos, porque como se aprecia en la foto que ilustra este artículo y que fue publicada en una revista inglesa y modificada en otro blog, incluso personas con un mismo peso pueden tener una constitución física completamente diferente.

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Traducción: Una muestra de lo diferentes que se pueden ver 68 kg. Todas las mujeres fotografiadas pesan eso.

El problema es cuando el único canon de belleza se unifica en un tipo determinado que no es natural. Aunque eso haya ocurrido en todas las épocas (en momentos de hambrunas y flaquezas, la que tenía un poco más de carne era la que era considerada un bellezón, veansé las “tres Gracias” de Rubens). Lo que resulta peligroso en la edad actual es que resulta muy fácil fingir una supuesta perfección que lo borra todo de manera artificial y resulta a veces indistinguible de lo que es cierto.

Es decir, no creo que las tallas extra pequeñas supongan un problema porque siempre va a haber mujeres sanas que necesiten de estas tallas, como existirán también mujeres perfectamente saludables que necesiten una talla 48 (jugadoras de baloncesto no esqueléticas, por poner un ejemplo). El problema es que las modelos que aparecen en las revistas usan como talla máxima una 38 y encima las retocan para quitarles “los kilos que les sobran”. Que la talla 42, que es la talla que más se da estadísticamente entre las mujeres europeas, se envía en algunas cadenas de ropa como talla especial, o en cantidades ridículas frente a los veinte pantalones de la talla 36 y 38 que cuelgan en la percha. O que la 44, que es una talla que muchas mujeres mediterráneas simplemente por su constitución en las caderas es la que usan de serie, es considerada “talla especial”… Y estamos hablando únicamente del peso y no voy a mencionar otra retahíla de imposiciones de belleza absurdas y en algún caso hasta peligrosas que se dan hoy en día. Que el otro día un amigo mío, profesor de secundaria, comentaba que entre sus alumnos había algunos que se pensaban que las féminas veníamos sin pelo en nuestras partes nobles (hasta tales extremos ha llegado el gusto por la depilación en el “Playboy”).

Señores, me acuso publicamente de hacerle el juego a toda esta tontería: de mirarme a la cara y sentirme a veces vieja cuando veo mis líneas de expresión, de mirar mi estómago y pensar que a lo mejor con esa tripa y esas cicatrices que tengo tendría que dejar de usar bikini, de mirarme desde el pecho a las rodillas y sentir que tendría que hacer dieta, vamos, en definitiva, que caigo con todo el equipo en hacerle el juego a esta hipocresía absurda que deniega la variedad (que según el sabio refranero español, es donde reside el buen gusto).

El otro día me pillé en un renuncio clarísimo, cuando me hice un par de fotos artísticas en bikini y no las quería subir a internet porque no me parecían estéticas. Mi hija, esa hija de diez años de la que hablaba al principio de esta entrada, no lo podía creer… “mamá, estás tan bonita” decía… Gracias princesa, a veces me sigues enseñando tanto o más como lo que yo intento enseñarte cada día… No soy Scarlett, pero este es mi cuerpo. Y a lo mejor estoy algo pasada de kilos, pero es que, señores, tengo cuarenta años y yo no me dedico al cine.

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Tengo cuarenta años, soy madre de dos hijos y me he saltado las últimas veinte sesiones de aerobic a las que tenía que haber ido, pero es que la realidad es así…

Así que SG, y todas las Supermujeres que me estéis escuchando: despertemos. Nuestro cuerpo es bello, tenemos que sacarle todo el partido que nos permitan nuestras posibilidades. Cuidarlo y mimarlo, haciendo ejercicio y comiendo de manera saludable también dentro de lo que podemos. Pero no nos vamos a dejar comparar con otros cuerpos, especialmente con el de señoritas de veinte años que además viven profesionalmente de ello. No estamos gordas, señores, es que tenemos vida más allá de nuestro cuerpo.

Fecha de caducidad

Una persona a la que conozco únicamente por este medio virtual, pero de la que tengo muy elevada opinión, comentaba el otro día en una entrevista de radio (ella es artista, para más señas, cantante) que en ciertas facetas de su profesión había una fecha de caducidad. Aunque el comentarista de la radio, muy galante él, enseguida le dijo que era muy jóven para decir esas cosas, yo creo que tiene toda la razón del mundo. Hay cosas en esta vida que evolucionan, caducan…

Mi amiga concretamente se refería a que había sido vocalista de orquesta y para eso, a determinada edad, “te haces mayor”. Y me lo puedo imaginar perfectamente: con veinte años te da el cuerpo para muchas noches sin dormir. O durmiendo de mala manera en un asiento de furgoneta y no te importa compaginar los bolos con otra profesión diaria (porque si no probablemente no podrías vivir únicamente de eso). Pero llega un momento en la vida en que el cuerpo (y esto ocurre tengas hijos o no), te pide dejar la samba, una cama por las noches y no perdonar ni una preciosa hora de sueño nocturno.

Como ejemplo notable, este mes mismo nos ha caducado un rey y en vista de cómo se le veía en las últimas apariciones públicas, me parece normal que haga mutis por el foro (aunque todos nos imaginamos que los motivos reales han sido otros). Sin entrar en discusión sobre si se debe de perpetuar la monarquía o no, yo veo normal que a partir de ciertas edades a la gente le sea posible bajar el ritmo de actuación y un debate que me interesa aún más que el del referendum, es si lo de alargar la edad de jubilación hasta hitos impensables de verdad es practicable. Incluso para un trabajo como el de Rey, puramente de oficina y en el que no hay que doblar el espinazo, ya hemos visto que hay fecha de caducidad. Me gustaría saber qué van a hacer con los albañiles a partir de los cincuenta años…

Puede que también la Monarquía, como institución, esté pasando de su fecha de caducidad en España. Pero no es de esa la caducidad de la que quería hablaros. Lo de hoy va más en plan de crecimiento personal. De esas veces en que a pesar de que eres consciente de que todavía podrías, física y psíquicamente, desarrollar una cierta profesión o mantener una cierta relación con alguien, simplemente no te apetece seguir haciéndolo. Digamos que no es el trabajo, la persona o la situación la mayoría de las veces lo que ha cambiado, sino que eres tú la que de repente te encuentras conque has crecido y tienes otras expectativas: cuando era becaria precaria en la Facultad, lo de quedarme hasta las tantas en un laboratorio para aprovechar que los experimentos funcionaban, tenía hasta un cierto sex-appeal. Un morbo que desapareció enseguida cuando me quedé embarazada. Todo lo que me apetecía era quedarme en casa con porque sabía que mis hijos me necesitaban en ese momento. Cuando pasó esta etapa, cuando mis hijos pasaban ya más tiempo en la guardería que conmigo, lo que quería era salir de casa y trabajar, cuanto antes mejor. Y me lamentaba porque tal vez por la decision de quedarme anteriormente en casa había dejado pasar ciertas oportunidades que no iban a volver jamás. Y ahora, después de haber vuelto y haberme establecido de nuevo en el mercado laboral, no estoy segura de si ese sentimiento ha caducado también. Siento que necesito volver a equilibrar lo que doy en el trabajo actualmente con lo que doy dentro de casa.

Y me doy cuenta de que tal vez ser feliz en la vida consiste en aceptar esas pequeñas caducidades y no sentirse vacío y frustrado porque después de un largo tiempo corriendo y luchando hacia una meta, de repente al llegar te das cuenta de que no es ese tu destino en el momento actual.

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La vida consiste en ir abriendo puertas y descubrir lo que nos atrae al otro lado…