V- Viejas heridas

– No puedo entender que sientas… ¿celos? ¿miedo? No a estas alturas, de verdad. Llevo nueve años contigo. Te juré amarte y respetarte aunque eres consciente de que yo no quería casarme en aquellos momentos. Pero sabes que cuando hago una promesa, no la rompo con facilidad.

– El problema Eva es que si no sé muy bien si te sentías libre cuando decidiste. Hubo muchas presiones que inclinaban la balanza de mi lado.

Creo que si me hubiera pegado una bofetada no hubiera conseguido hacerme más daño. A veces César consigue herirme con sus inseguridades y si pudiera cambiar el pasado lo haría sólo por él, por no ver el brillo del dolor en sus ojos cada vez que recuerda. De cuando en cuando eso juega contra mi conciencia, que podría haber evitado a algunas personas el pesar que causé. Siempre que pienso que va a olvidarlo, que por fin hemos dejado atrás el pasado, surge otra vez. No hay ningún motivo racional pero tiene miedo y le entiendo. Tendría que estar en mi cabeza para quedarse tranquilo. No fue el matrimonio lo que me ha unido a César para toda la vida, sino las cosas que hemos pasado juntos y que me han hecho comprender que es la única persona a la que puedo aferrarme. Si lograse hacerle entender que hay lazos más fuertes que la pasión y formas distintas de amar… Si sólo pudiera hacerle ver lo que pasó por mi mente la primera vez que le vi.

Estábamos todavía en el instituto. Yo tendría unos quince años y el debía de estar a punto de cumplir los diecisiete. Había entrado al aula de dibujo para practicar un poco. Nunca he sido demasiado hábil con las manos y sabía que me estaba jugando el aprobado en aquella evaluación si no practicaba lo suficiente. El aula había estado desierta a esas horas hasta aquel día. Pero allí estaba él, pasando a tinta china un plano y algo me hizo quedarme en la puerta parada, mirando hacia su tablero. César no tiene un atractivo especial, pero cuando está trabajando es la viva imagen del orden y la pulcritud. Me atrajo la forma en que se movían sus manos, apenas sin levantarse del papel porque todo lo necesario estaba al alcance de ellas, perfectamente colocado. He sido siempre un desastre, desordenada, poco organizada. Pero si es verdad que los polos opuestos se atraen, yo empecé a sentir el alcance de esa fuerza en aquel mismo momento. Enseguida retiró sus cosas al verme, e incluso se ofreció a ayudarme al ver mi poca maña con la escuadra y el cartabón. No quería saber nada de las mujeres, no al menos hasta que acabara la carrera, al igual que la pulcritud en su mesa, su vida estaba perfectamente planeada y ordenada en su cabeza. Empezamos a coincidir habitualmente: en el aula de dibujo, en la cafetería. Después el paso la selectividad y entró en una ingeniería. No volvimos a vernos hasta dos años después, en una conferencia en el Paraninfo. Todas sus ideas sobre el mundo se habían modificado como por arte de magia. Había salido del cascaron. Salimos de la charla juntos, comentando un tema que nos fascinaba a ambos y poco a poco descubrimos todo lo que teníamos en común. Tardé unos meses en convencerle, desplegué todos mis trucos como cazadora, pero lo cierto es que al final conseguí lo que quería: que él me quisiera casi tanto como yo le amaba a él.

Nos despedimos en la terminal, donde César había dado todas las muestras posibles de arrepentimiento por la pelea. En el fondo no era difícil convivir con él. Y después de tantos años seguíamos queriéndonos. Tal vez era un amor de conveniencia pero era mucho más autentico que eso que llaman el amor pasional. Era un buen padre, un buen marido y un buen amigo. Probablemente la única persona en el mundo por la que hubiera dado la cara aparte de mis hijos. Pero se necesita algo más que eso para pensar en hipotecar muchos años de tu vida al lado de alguien. Yo necesitaba seguridad. La seguridad total de que mi mundo no iba a tambalearse. Y eso no está implícito en el amor, más bien se escribe con las entrañas en el momento en que te hieren. César había mantenido siempre su promesa y esa era mi base para serle fiel. Mentirle hubiera sido como engañarme sola y eso era algo que no me gustaba. Aunque tal vez me estaba mintiendo y al final el amor era eso. Despojado de todos los ropajes que le han puesto los poetas, lo que quedaba son dos almas solitarias que decidían hacer mutuas sus pequeñas batallas. Aun así ese día me costó separarme de él. Somos los dos personas independientes pero con el correr del tiempo te acostumbras a pensar en colectivo, de forma inconsciente, al menos en ciertos asuntos. Recuperar la libertad me asustaba, aunque fuera un estado transitorio. Por primera vez en muchos años sabía que no iba a tener las espaldas cubiertas, pero a cambio iba a tener las manos libres para hacer y deshacer como se me antojase.

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IV- La llamada

Se ha quedado callado. Era lo que más había temido, un silencio que ninguno de los dos pudiese o supiese romper. Pero por fortuna hemos reaccionado los dos al mismo tiempo, preguntándonos cómo estábamos. Una risa apagada ha sonado al otro lado del teléfono.
– ¿A qué debo este inesperado placer?
– Enrique, tengo algo importante que decirte…
– Me lo puedo imaginar… Hace mucho que no sé nada de tí… ¿Cuántos años? ¿Diez?
– Creo que once… Yo estoy bien, pero…
– A ver, ¿qué ocurre?
– Es Juan Ma, se ha matado en un accidente de tráfico esta mañana.
– ¡Joder!
Nunca se me ha dado bien comunicar malas noticias. Soy brusca y directa, no me suelo andar con rodeos. El sentido social jamás ha sido mi fuerte pero supongo que él recuerda mi manera de ser y no se ha sentido muy sorprendido. Alterado quizá sí, pero enseguida ha comenzado con la organización práctica:
– En cuanto salga del trabajo, recojeré a Alicia. Nos vemos en el Tanatorio.
Una mirada me ha bastado para comprobar que todo estaba en orden. Bastante comida en la nevera y el congelador, la casa recogida, todos los teléfonos necesarios al alcance de mi mano en la agenda. Es la primera vez que no voy a pasar la noche con mi hija desde que nació hace tres años. Algún día tenía que ser. Aunque no se había mostrado demasiado feliz con la idea, adoraba a su padre. Era una cría despierta para su edad y quizá la habíamos mimado un poco, sólo quizá. Era también una buena oportunidad de que pasara algo de tiempo a solas con él, antes de que llegara su hermano. Había escuchado de casos de envidias y celos terribles con el segundo y me asustaba un poco. Pero imaginaba que eran los mismos terrores a lo desconocido que me habían asaltado al tenerla a ella: la idea del parto, la responsabilidad… No me consideraba preparada para ser madre, pero supongo que nadie lo está nunca. La vida es una aventura en la que te tienes que arriesgar y la verdad es que no había salido tan mal, contando con los deslices y todo.

César tampoco se había mostrado entusiasmado con la idea del viaje. Me había hecho llamar varias veces al ginecólogo en un intento de disuadirme, pero después de que me aseguraran que no había ningún problema no le había quedado más remedio que salir a poner el coche en marcha con cara de pocos amigos. Me había despedido de mi hija mientras la vecina me repetía que no me preocupase, que ella se encargaba de echarles un ojo en esos dos días.
Creía que íbamos a conseguir llegar hasta Los Rodeos sin necesidad de tener una charla. Pero a la altura del cambio de sentido para tomar la TF5, había empezado el fuego cruzado.
– ¿Por qué vas?
– Esta conversación me resulta familiar… Supongo que porque hace menos de media hora que ha hemos tenido por última vez.
– No me vengas con sarcasmos, por favor. Sabes perfectamente que no quiero que vayas. No quiero que estés allí, pueden surgir miles de problemas, puedes tener complicaciones con el niño…
– Lo del bebé es una excusa, sabes perfectamente que ese no es el problema.
Pareció vacilar un poco, o tal vez tuvo que poner por un momento toda su atención en la carretera.
– De acuerdo, seré sincero. Me da rabia. No me gusta la idea de que vuelvas a relacionarte con ellos. ¿No sufrimos bastante la primera vez?
– Sabes que hago esto por Juan Ma.
– Pero también va a estar allí Enrique.

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III- Ali

Es más, cuando recordaba a Alicia, tenía que remontarme a los años de colegio, cuando éramos sólo ella y yo. Me resultaba más fácil aislarla de todo lo que pasó después, pensar en ella como mi compañera de estudios y de adolescencia, cuando doblábamos la cinturilla de las faldas del uniforme para que quedase un poco más corta, lo suficiente para que el borde quedase por encima de las rodillas. Éramos más ingenuas que la media y quizá aquel fue el único detalle de frivolidad que nos permitíamos compartir: jamás fumamos un pitillo a medias escondidas en el servicio, o nos maquillamos con el mismo pintalabios en los lavabos de la discoteca de turno como hacían muchas de las demás. A veces no podía evitar ponerme triste al recordarlo. ¿Dónde está todo lo que compartí con ella? Era la persona más dulce del mundo cuando se lo proponía y cuando tenías algún problema era la mejor de las amigas. Nos juntábamos en el portal de su casa y empezábamos a pensar en dónde nos íbamos a refugiar. No sé por qué lo hacíamos, ya que siempre acabábamos en la hamburguesería del barrio tomando un limón a medias. La edad y el presupuesto no nos daban para más. Pensar que todo aquello desapareció, se rompió de la noche a la mañana, es demasiado duro. Duele. Era lo más difícil de llevar, saber que dolería siempre. Que nunca más podría llamar por teléfono y preguntar por ella, como hacía cuando tenía catorce años y el mundo no parecía tan complicado como luego resultó ser.

La vida a veces muestra una ironía de lo más conseguido. Juan Ma había luchado durante años por que hiciéramos las paces, por vernos una vez todos juntos bajo el mismo techo. Y solamente con su muerte se iba a conseguir eso que tanto ansiaba. Puro humor negro. Estaba nerviosa. Lo cierto es que no era una simple llamada telefónica. Significaba tender un puente donde todos los lazos se rompieron desde hacía muchos años. Por mi propia voluntad, por la voluntad de Alicia. Una buena amiga había pasado a ser la persona que más me odiaba y la comprendía. Ella no es capaz de perdonarme y lo que no sabe es que yo tampoco soy capaz de perdonar algunas cosas. Como dicen los boleros, hay traiciones que ni el tiempo, ni la distancia son capaces de borrar. No me siento culpable, pero para mi desgracia tampoco me he sentido nunca inocente por completo. No he podido librarme de ese sentimiento durante todos estos años y por eso prefiero localizarle a él. Siempre ha resultado más fácil porque sé que no me ha guardado ningún rencor. En nuestro caso, fueron sólo las circunstancias las que marcaron el final de una amistad.

He marcado el teléfono de su empresa que me había dado María. Comunicaba. Eso me ha dejado un margen de tiempo para volver a mirar el retrato, recordad los viejos tiempos, volver a contemplar esa imagen de Enrique juvenil, rodeado de féminas como si estuviera en su elemento. Siempre parecía tener una palabra encantadora para cada una de nosotras, una sonrisa, un halago. La segunda vez he conseguido línea. El auricular me ha devuelto una serie de zumbidos regulares y antes de poder reaccionar, he escuchado su voz al otro lado del teléfono. Sorprendentemente respetada por el tiempo, como si en lugar de haber llamado para hablar del funeral de Juan Ma, fuéramos a quedar para estudiar, tomar café o intercambiar apuntes a la salida de clase.

– ¿Diga?

– Hola Enrique.

– Perdón, ¿con quién hablo?

Su tono ha cambiado, como si su interlocutora fuera una posible presa frente a la que debía desplegar todo su atractivo. Su instinto cazador no ha muerto con el matrimonio, al menos. Ocurría lo mismo cuando le llamaba en la Universidad y no me reconocía. Parecía ponerse alerta cuando una voz femenina que no tenía catalogada le sorprendía al otro lado del teléfono. Derrochaba seducción, el mismo encanto de un gato marrullero que tiene acorralado a un ratón. Sé que a algunas mujeres les ponía nerviosas, pero a mí me fascinaba esa alerta, ese cambio patente incluso a través de la línea telefónica. Tanto que muchas veces lo había prolongado yo misma, no identificándome hasta que no resultaba inevitable. No he podido resistir la oportunidad de concederme unos segundos de esa voz recordadada. Pero no era momento de juegos, con una sonrisa triste he iniciado la conversación:

– Enrique, soy Eva.

– ¿Eva?- ha dudado unos segundos – ¿Eva Andrade?

 

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