La falacia extranjero = incapaz

Hoy me he despertado en el periódico con un tipo de noticia que me pone casi siempre en modo “déjà vu”. Para simplificar, una azafata pregunta por un médico en un avión en USA y cuando una chica jovencita y negra levanta la mano, le pide explicaciones sobre si es médico en realidad. Cuando se aproxima un señor de mediana edad que dice serlo, se le acepta sin más explicaciones.

Empecemos por puntualizar que cuando me pongo a hablar sobre el tema de la discriminación por cuestión de raza siempre siento una pequeña punzada de ambigüedad, porque tengo la gran suerte de ser clarita de piel y de no dar demasiado el cante en el país en el que he emigrado (salvo en Japón, pero Japón es otra historia… son una cultura en la que lo que reina es el respeto, al menos cara a cara). Eso hace que en mi vida diaria, no haya sido objeto de este tipo de agresiones flagrantes a primera vista. Pero llevo casi veinte años de emigrada y que soy extranjera se me ha notado en cuanto he abierto la boca en todos los países en los que he vivido. Y hay desgraciadamente otro tipo de discriminación que sí que he visto de cerca muchas veces y sí que me ha tocado enfrentar en primera persona. Yo la llamo el binomio “extranjero = incapaz”. Es lo que ocurre cuando según abres la boca, determinado tipo de persona ya te ha clasificado en una serie de estereotipos simplemente porque no eres oriundo del país. Y siempre me da cosa hablar de ello, porque no deja de ser dentro de las discriminaciones una discriminación casi de segunda, parece que no tiene tanta importancia como la que tienen que sufrir los que de verdad son acosados por su color de piel, por su religión o por su etnia… pero por otra parte creo que es necesario hablar de ello, porque es la cara sutil de ese algo más profundo. Algo así como los micromachismos son al machismo puro y duro que no se esconde… Voy a contar un par de ejemplos inocentes de los prejuicios a los que yo me he enfrentado directamente:

 

  1. Soy extranjera: ni sorda, ni idiota -> éste tipo de actuación es realmente común. Vamos, que no me ha pasado ni una, ni dos veces. Y no la he visto aplicada sólo a mi persona. Consiste poco más o menos en que cuando no entiendes lo que te están diciendo, la persona enfrente de tí empieza a levantar la voz o a hablarte como si fueras retrasado mental. Repitiendo exactamente las mismas palabras que no has entendido la primera vez porque no las conoces. Y no precisamente con paciencia sino de forma grosera o condescendiente. De verdad, nuestro oído es perfecto. Se consigue mucho más en la comunicación si uno intenta explicar el concepto de otra manera. Sin más.
  2. No me gusta el flamenco, ni tengo un restaurante -> mira, se me había olvidado que la primera vez que tuve contacto con este tipo de micro-prejuicios fue antes incluso de que ni siquiera se me hubiera pasado la idea de emigrar por la cabeza. Me pasó cuando mis padres me mandaron la primera vez a Gran Bretaña a estudiar inglés y la señora de la casa en que vivía se mostró muy asombrada de que siendo española no tuviera intención de ser bailaora de flamenco profesional, sino la osadía de querer estudiar astrofísica. La he rebautizado como el prejuicio folclórico y por desgracia nos lo seguimos encontrando todavía de vez en vez (aunque cada vez menos, con la cantidad de profesionales que han tenido que emigrar en los últimos años). La forma más común es cuando dices que eres español y vives en Alemania y te preguntan a continuación que en qué restaurante cocinas…
  3. Sí, estoy tan cualificada como tú (o más) a pesar de que no ser nativa -> esta discriminación no sé si achacarla más al clasismo o al racismo puro y duro. Y es la que le ha ocurrido a la muchacha de la noticia del periódico. Se da únicamente cuando me enfrento a una situación en que estoy frente a una persona que tiene una supuesta autoridad menor (un médico, un funcionario o una auxiliar de vuelo en un avión) que me está tratando con total condescendencia hasta el momento en que sale a relucir por casualidad que soy doctor (aunque como dice Supergüeli, no de los que curan). Como por arte de magia, de repente el trato es otro. Y da mucha rabia, la verdad. Porque se supone que simplemente por ser persona, ya me debían ese trato y ese respeto.
  4. Yo puedo ser “extranjera”, pero los Supernenes, no -> por mucho que tengan un nombre muy raro, un apellido más raro todavía y no sean hermosos y rubios como la cerveza, mis hijos se han criado aquí desde su más tierna infancia. Hablan el idioma mejor que alguno de los nativos incluso, porque sus padres nos partimos los cuernos para que tengan una educación lo más completita posible. El peor caso de este tipo que me tocó vivir fue protagonizado por mi jefe de tesis, que sería un señor académicamente inteligentísimo, pero también un soberano imbecil. En una conferencia se acercó a un señor con rasgos orientales intentando explicarle que había una diferencia entre la palabra “grass” (hierba) y la palabra “glass” (cristal) (los japoneses tienen un único sonido para las dos letras “l” y “r” que está fonéticamente entre las dos). El presunto oriental contestó muy tranquilamente y en perfecto inglés que lo sabía porque era de Boston. Yo me quería morir de verguenza ajena, pero el cretino de mi ex-jefe continuó a lo suyo como si cualquier cosa

A la hora de la verdad, el mejor consejo que he escuchado al respecto es el de la canción de Sting, “An Englishman in New York”: “It takes a man to suffer ignorance and smile. Be yourself no matter what they say” (“Se necesita ser un hombre para sufrir la ignorancia y sonreír. Sé tú mismo sin importar lo que digan”). Bueno, sí, él es un hombre, pero la enseñanza es aplicable si eres mujer, oscurita y extranjera.

 

 

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