La pordiosera

Si algo me han enseñado las dos o tres ferias de Hannover que me ha tocado vivir en persona, es que cuanto más alto está una mujer en la cadena trófica de una empresa, menos mierda le toca tragar y más cómodos son sus vestidos y sus zapatos. La famosa desigualdad en la industria dorada de Hollywood nunca se palpa más que en las ceremonias de entregas de premios. Ellos normalmente vestiditos elegantes, pero dentro de lo que cabe abrigados y cómodos. Ellas haciendo mil piruetas para entrar en merengues de fresa imposibles, con los hombros al descubierto en pleno mes de febrero e intentando no morir en el intento practicando el equilibrio sobre unos tacones, como casi le ocurrió a la buena de Jenny L. hace un par de añitos.

Bueno, pues como un soplo de aire fresco aunque sea debido al gif que ha circulado estos días porque al parecer no la aplaudió ni el tato cuando salió a recoger su premio, he conocido a Jenny Beavan. Puntualicemos, conocía su magnífico trabajo de antes. Es británica, diseñadora de vestuario (lo que ya de por sí demuestra que seguro que tiene un gusto en el vestir impecable y que le da cien mil vueltas al mío) y de las buenas porque ya ha sido nominada ocho veces a los Oscar por su trabajo y alguna estatuilla se ha llevado a casa aparte de la de ayer (“Una habitación con vistas”, película en la que toda la estética era el colmo del buen gusto). La mujer se especializa sobre todo en vestuario de época que es un primor y tiene en su haber la mitad de las adaptaciones de Jane Austen que se han hecho en el cine, “El discurso del Rey”, “Gosford Park” y “Lo que queda del día”. Pero no parece estar encasillada, ayer ganó con la nueva de “Mad Max”, que muy de época no parece precisamente. ¿Y qué es lo que le tengo que agradecer hoy a Jenny Beavan? Bueno, mi adorado Stephen Fry la describió una vez haciendo un chiste como la única persona capaz de presentarse a recoger un premio “vestida como una pordiosera”.

Reconozcamos que para lograr hacer esto, pegarle semejante corte de mangas social a una industria que se basa en el oropel y que vende una determinada imagen de la mujer, tienes que tener unos ovarios de acero y una confianza absoluta en que lo que haces no es bueno, sino que es mejor. Además, no es algo que venga de nuevas, (que podríamos pensar que al ser una señora de cierta edad ya está de vuelta de según que gilipuerteces), no, en la foto de recogida del Oscar de hace treinta años, ya está vestida de tal modo. Y es que ella no está ahí por su cuerpo serrano y no le apetece ponerse un traje de princesa Disney (cosa que aclaro que a mí me apetecería dentro de un orden, no me vayan a invitar a los Goya en años venideros y me vengáis con reproches de que soy una hipócrita porque me pongo de largo… pero hasta en el día de mi boda que es la única vez que me he permitido vestime de merenge, lo primero que probé con todos los vestido que pasaron por mis manos era que podía bailar el twist con ellos). Y me parece maravilloso que alguien vaya a los Oscar con una cazadora de ochenta euros de Mark & Spencer tuneada. Porque tengo la impresión de que a más de una le apetecería hacer exactamente lo mismo, pero no la dejan.

Por eso se agradece que señoras como esta, desde lo más alto, nos recuerden que ellas pueden estar allí porque trabajan de maravilla, no porque son una percha para un vestido.

Gifs en el texto via GIPHY

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