II-Cuando un amigo se va

Ha muerto esta mañana. El coche en el que viajaba con un compañero de trabajo ha derrapado en la carretera de Colmenar. Los que iban sentados en el asiento delantero han fallecido en el acto. Uno de los niños que iba en el asiento de detrás, poco antes de llegar al hospital. La madre y el otro niño que iban en el coche, parece que aunque muy graves, están fuera de peligro.
María me lo ha contado entre lágrimas, destrozada. Ella misma y Juan Ma estaban hablando de tener críos… parece tan cruel que todo lo que esperas se pueda destrozar en diez minutos. Tan cruel y absurdo que no se pueden encontrar explicaciones. Yo acababa de dejar a mi hija en la guardería y me esperaba una pila de exámenes que tienen que estar corregidos antes del quince. No he podido ni siquiera tocarlos. He pasado un buen rato mirando hacia la pared, sin reaccionar. Luego he llamado a César. Supongo que he tenido que hacerlo porque aunque no guardo un recuerdo consciente de haber tomado el teléfono y marcado el número, me he encontrado hablando con su oficina. Marta era la dura oficial de nuestro grupo. Nunca derramaba una lágrima en público y rara vez en privado. Yo he intentado parecerme a ella y no llorar, pero he sido siempre muy mala alumna en ese aspecto. La noticia estaba llegando al punto de mi cerebro donde se empieza a asimilar el dolor. Hasta ese momento, un benigno anestésico había adormilado las ramificaciones del daño por la pérdida de un ser querido. No era una sensación nueva para mí. Mi gente se ha ido marchándo poco a poco: mis abuelos, mi sobrino Luis, Marta y ahora Juan Ma… No es una lista muy larga, podría ser peor, pero cada uno de esos nombres es un sentimiento de pérdida, un saber que nunca, nunca más…
He discutido con César sobre qué hacíamos. No parecía muy dispuesto a venirse conmigo a Madrid, pero tampoco entusiasmado con la idea de dejarme ir sola. En el fondo le comprendo, él nunca llegó a integrarse en el grupo y con la historia pasada que existe, lo normal es que insista en que mande un telegrama y me olvide del tema. Al final he logrado convencerle de que se quede él con la niña, tiene compromisos que no puede cancelar. Yo puedo permitirme la escapada. No hay mucho moviemiento en la Universidad en estos días. Los exámenes de mi departamento ya han terminado y las correciones pueden esperar un tiempo. He confirmado a María que iba para allá y después de darme los detalles del Tanatorio, ha sido ella misma la que me ha pedido el favor de que avisara yo a los compañeros de la Universidad, a los de siempre. He organizado la reserva en el último vuelo. Iba a ir, iba a velar el cadáver de mi amigo, porque sería yo misma la que vería la huída como una cobardía en estos momentos. Y ahora que está todo decidido, no queda ninguna excusa más. Tengo que hacerlo, tengo que llamar a Alicia y a Enrique.
No sabía cómo estaban ahora. Las únicas imágenes que había guardado de ellos eran las fotos y los recuerdos. Algo estático, que no cambia y que no les había permitido envejecer, al menos en mis pensamientos.

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