Pandora-BR

I-Tal como éramos

Por aquel entonces se llevaba mucho lo de establecer grupos, como si la sociedad fuera una especie de catálogo en el cuál todos tuvieramos una página asignada y definida. Pero por más que intento clasificarnos, no soy capaz de encontrar el sitio en el que cuadrábamos. Tal vez porque no encajábamos en ninguno y siempre formamos una cuadrilla aparte. No pertenecíamos a ninguna tribu urbana, ningún partido político, ningún clan en particular. Ni siquiera no parecíamos entre nosotros. Había de todo, como en botica, sabiamente mezclado para difuminar los restos de la amalgama que nos unió. Supongo que éramos niños bien, de clase media, universitarios del montón situados en un vacío temporal entre la generación “X” y la del Kronen. Me imagino que somos el eslabón perdido que surgió entre ambas, tan insignificante que no mereció ni la pena dedicarle unas líneas en su momento. O lo que ocurre es que cualquier esfuerzo por tratar de dividir a las personas en categorías, en compartimentos estancos está condenado al fracaso.

Éramos jóvenes, pero no me identifico con nada sobre lo que se ha escrito sobre la juventud de mi época. No me veo reflejada en las guerras generacionales, en los adolescentes problemáticos fuera de la sociedad, en las historias de ángeles o demonios que se contaron. Porque supongo que la mayoría éramos gente normal, mecida por las circunstancias, por los logros conseguidos y por los problemas. Teníamos sueños, ambiciones, deseos y metas que queríamos alcanzar y no nos importaba tener que trabajar duro para cumplirlos.

Tenía 24 años. Y hoy, doce más tarde, el recuerdo de aquellos días sigue aquí, tan doloroso y lacerante como si el tiempo hubiera decidido quedarse anclado en ese punto, no avanzar. Todo vuelve a ese instante. A la foto en los escalones de la Facultad. Los personajes somos Alicia, Enrique, Juan Ma, Marta y yo. El core de una relación. El principio de una geometría amorosa a demasiadas bandas, demasiado complicada de manejar. Ellos posando allí: Alicia mirándose en la cristalera, sólo un momento para comprobar que estaba perfecta. Enrique abrazándola y enfrentándola al objetivo bajo la mirada extraviada de Juan Ma. Marta un poco alejada del grupo, como si se encontrase en un aura aparte de los demás, seria y expectante. Mientras yo le mostraba el manejo de la cámara a un voluntario y corría, ajena a todo lo que ellos ya habían organizado y me limitaba a colocarme en el lugar que se me había asignado en el grupo.

No quiero contar una historia sobre mi generación, quiero contar la nuestra. Porque si hubiera sido otro, y no Juan Ma el que hubiera tenido el accidente no estaría dándole vueltas al tema. Bastarían unas líneas de condolencia en un telegrama que ni siquiera tendrían por qué ser sentidas… Pero con él no puedo hacerlo. Tal vez porque Juan Ma, a pesar de su pequeña traición, ha sido el único que se ha mantenido conmigo a lo largo de los años.

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