III- Ali

Es más, cuando recordaba a Alicia, tenía que remontarme a los años de colegio, cuando éramos sólo ella y yo. Me resultaba más fácil aislarla de todo lo que pasó después, pensar en ella como mi compañera de estudios y de adolescencia, cuando doblábamos la cinturilla de las faldas del uniforme para que quedase un poco más corta, lo suficiente para que el borde quedase por encima de las rodillas. Éramos más ingenuas que la media y quizá aquel fue el único detalle de frivolidad que nos permitíamos compartir: jamás fumamos un pitillo a medias escondidas en el servicio, o nos maquillamos con el mismo pintalabios en los lavabos de la discoteca de turno como hacían muchas de las demás. A veces no podía evitar ponerme triste al recordarlo. ¿Dónde está todo lo que compartí con ella? Era la persona más dulce del mundo cuando se lo proponía y cuando tenías algún problema era la mejor de las amigas. Nos juntábamos en el portal de su casa y empezábamos a pensar en dónde nos íbamos a refugiar. No sé por qué lo hacíamos, ya que siempre acabábamos en la hamburguesería del barrio tomando un limón a medias. La edad y el presupuesto no nos daban para más. Pensar que todo aquello desapareció, se rompió de la noche a la mañana, es demasiado duro. Duele. Era lo más difícil de llevar, saber que dolería siempre. Que nunca más podría llamar por teléfono y preguntar por ella, como hacía cuando tenía catorce años y el mundo no parecía tan complicado como luego resultó ser.

La vida a veces muestra una ironía de lo más conseguido. Juan Ma había luchado durante años por que hiciéramos las paces, por vernos una vez todos juntos bajo el mismo techo. Y solamente con su muerte se iba a conseguir eso que tanto ansiaba. Puro humor negro. Estaba nerviosa. Lo cierto es que no era una simple llamada telefónica. Significaba tender un puente donde todos los lazos se rompieron desde hacía muchos años. Por mi propia voluntad, por la voluntad de Alicia. Una buena amiga había pasado a ser la persona que más me odiaba y la comprendía. Ella no es capaz de perdonarme y lo que no sabe es que yo tampoco soy capaz de perdonar algunas cosas. Como dicen los boleros, hay traiciones que ni el tiempo, ni la distancia son capaces de borrar. No me siento culpable, pero para mi desgracia tampoco me he sentido nunca inocente por completo. No he podido librarme de ese sentimiento durante todos estos años y por eso prefiero localizarle a él. Siempre ha resultado más fácil porque sé que no me ha guardado ningún rencor. En nuestro caso, fueron sólo las circunstancias las que marcaron el final de una amistad.

He marcado el teléfono de su empresa que me había dado María. Comunicaba. Eso me ha dejado un margen de tiempo para volver a mirar el retrato, recordad los viejos tiempos, volver a contemplar esa imagen de Enrique juvenil, rodeado de féminas como si estuviera en su elemento. Siempre parecía tener una palabra encantadora para cada una de nosotras, una sonrisa, un halago. La segunda vez he conseguido línea. El auricular me ha devuelto una serie de zumbidos regulares y antes de poder reaccionar, he escuchado su voz al otro lado del teléfono. Sorprendentemente respetada por el tiempo, como si en lugar de haber llamado para hablar del funeral de Juan Ma, fuéramos a quedar para estudiar, tomar café o intercambiar apuntes a la salida de clase.

– ¿Diga?

– Hola Enrique.

– Perdón, ¿con quién hablo?

Su tono ha cambiado, como si su interlocutora fuera una posible presa frente a la que debía desplegar todo su atractivo. Su instinto cazador no ha muerto con el matrimonio, al menos. Ocurría lo mismo cuando le llamaba en la Universidad y no me reconocía. Parecía ponerse alerta cuando una voz femenina que no tenía catalogada le sorprendía al otro lado del teléfono. Derrochaba seducción, el mismo encanto de un gato marrullero que tiene acorralado a un ratón. Sé que a algunas mujeres les ponía nerviosas, pero a mí me fascinaba esa alerta, ese cambio patente incluso a través de la línea telefónica. Tanto que muchas veces lo había prolongado yo misma, no identificándome hasta que no resultaba inevitable. No he podido resistir la oportunidad de concederme unos segundos de esa voz recordadada. Pero no era momento de juegos, con una sonrisa triste he iniciado la conversación:

– Enrique, soy Eva.

– ¿Eva?- ha dudado unos segundos – ¿Eva Andrade?

 

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El emperador va desnudo

El Emperador va desnudo. Apenas nos atrevemos a susurrárnoslo los unos a los otros, a pesar de que como en el cuento de Hans Christian Andersen, es evidente. De cuando en cuando alguien levanta algo más la voz que los demás, pero casi todos seguimos en mitad del desfile, mirando al Emperador en paños menores y detectando que algo va terríblemente mal en todo el asunto pero sin atrevernos a levantar mucho la voz para no llamar la atención, para que no nos tomen por locos, o por tontos…

 

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Se agradece que Salvados haya dedicado una edición de su programa (#fashionvictims) a las sombras de la industria de la moda, invadida como todas por el lowcost. Como el mismo @jordievole ha indicado en su artículo posterior a la emisión en el periódico, la novedad no ha sido decir algo así en alto, sino decirlo en un programa que es ahora mismo prime time cuando se emite. Y lo inquietante es que les feliciten por haberlo conseguido.

Porque casi todos tenemos esa pequeña punzada en las entrañas que nos avisa de que la globalización nos la ha dado con queso. En nombre de ese nuevo Dios que es la competitividad absoluta y a toda costa estamos sacrificando miles de cosas a nivel social, de las que tarde o temprano vamos a arrepentirnos. De la responsabilidad personal de cada uno mejor no hablamos.

El tema no es nuevo, hace años que le venimos dando vueltas, que se escuchan los susurros del Emperador desnudo. Pero a la vez el desfile se hace más numeroso, los tentáculos que nos atrapan cerca de él son cada vez más fuertes y cada vez la opinión está más polarizada. Como en Omelas, lo único que nos queda a estas alturas es abandonarlo todo a medianoche de manera radical. Pero para los que tenemos lazos que nos atan aquí, para aquellos que no queremos dejas a nuestas familias, a nuestras personas queridas y lo que nos rodea a nuestras espaldas, toca acostumbrarse a vivir preguntándonos a nosotros mismos por qué no somos como los demás, los que son capaces de no plantearse ese lado oscuro de nuestra supuesta felicidad. O conseguir esa felicidad que nos falta de manera química, hay siempre una pastillita para todo.

Por eso mi agradecimiento de este jueves va a todo el equipo de @salvadostv, por atreverse a gritar que el emperador está desnudo. Y tal vez sumarme a la sugerencia que ya les han dado algunas personas, de seguir más allá del programa y plantear qué alternativas tenemos los que querríamos vivir en Omelas, pero en paz con nosotros mismos.

Por si alguno no lo ha leído, dejo el enlace al cuento de Úrsula K. Leguin “Los que se van de Omelas” aquí. Pero ya aviso de que es una de estas historias que hacen pupa al alma.

Cultura para adultos con niños

Que conste que con lo de cultura “para adultos” no me estoy refiriendo a nada subido de tono. Es simplemente una manera de enfocar todos los Y con lo primero que quiero comenzar es conque hay espectáculos culturales para adultos que de ninguna de las maneras pueden ser adaptables como plan familiar. Creo que después de la debacle de los Titiriteros en las Fiestas de Carnaval de Madrid sobra decir mucho más sobre el asunto:

Regla número uno: Si vas a ver algo con tus hijos, informaté primero de lo que vas a ver.

Esta regla es fácil y aplica tanto al contenido supuestamente infantil como a las cosas más serias. Estoy hasta los çççççç de que en España me digan que los niños están viendo “dibujitos” cuando lo que tienen puesto son “Los Simpson” o incluso alguna cosa peor. El Hentai también son “dibujitos” y si buscáis la palabreja en Google os queda más que claro que de infantil nada de nada.

Regla número dos: una exposición temprana, ayuda

Aunque digan los puristas que a un crío no se le ha perdido nada en un museo, si a los niños no se les cultiva la vena estética, no la desarrollarán fácilmente ellos solos. Entender y experimentar es parte de lo que crea la fascinación por un tema en concreto y para la mayoría de las personas el gusto es algo que se entrena. O como poco, es necesario haber sido expuesto a determinados estímulos para conocer que existen. Y si bien todo esto parece ser una apreciación subjetiva, lo que está claro es que los niños expuestos a una educación artística presentan ciertas ventajas cognitivas frente a los que únicamente ven a Belén Esteban o el Minecraft (¿de verdad constituye esto una sorpresa para algún padre?)

 

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Regla número tres: siempre adaptado a la edad (mental) del peque

Es imprescindible calcular para qué están preparados tus niños y para qué no. Da igual que a los hijos de tu amiga les encante por ejemplo ir a los talleres del Museo de Ciencias Naturales si tu hijo está en el preciso momento en que lo toca todo y puede protagonizar la famosa escena de película en que remueven la pata del esqueleto del dinosaurio y se viene abajo. Paciencia, todo llega. Y siempre hay actividades y representaciones a las cuáles sí que puedes apuntarte con tu hijo con sus características.

O puedes decidirte a una introducción en la intimidad absoluta de tu casa, donde si la cosa resulta un fracaso por lo menos es más fácil capearlo. Hpy en día hay miles de recursos visuales (vídeos de representaciones, guías virtuales por pinacotecas y museos, etc) que puedes usar para calibrar el interés o la falta de él por una actividad, antes de probarla a las bravas.

Regla número cuatro: adaptado también al gusto del niño, sin obligar salvo a probar

SB estuvo en el ballet con nosotros el fin de semana pasado. Tiene nueve años y opina que el ballet es una cosa “de chicas” (no os quiero decir yo lo que opino de la información que le dan en el colegio) y que es un aburrimiento. De todas maneras, le dijimos que nunca había probado a ver un ballet en vivo y en directo y que tenía que probarlo una vez. Porque hasta que no pruebas, no sabes seguro si va a gustarte. Lo cierto es que se aburrió como una ostra y no pienso afligirle al pobre otra vez más con algo que no le parece entretenido. Hay muchas más actividades que puede probar. La vida es corta, pero ancha.

 

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Regla número cinco: la preparación previa es fundamental (bueno, esta regla aplica también a SM en mi caso)

Probad a ver una película japonesa sin subtítulos alguna vez (experiencia totalmente real, los japos no ponen subtítulos en la tele, como es normal y yo viví unos meses en Japolandia). Aunque sea una obra maestra del mismísimo Kurosawa, os váis a aburrir de la peor manera. Bueno, pues lo mismo ocurre si te vas a ver una ópera, un ballet o un cuadro como el Gernika sin conocer el contexto y las razones de los personajes que están actuando, o del pintor. Hay una cierta experiencia estética placentera que te puede gustar más o menos, pero te estás perdiendo todo el meollo del asunto. Como indico, esta regla es también a veces imprescindible con alguno de los adultos de la partida.

Regla número seis: planifica recursos

Dibujos, gymkanas, mandalas, búsquedas del cuadro, concursos con la música… Los niños necesitan actividades para hacer la actividad más placentera y para fijar de una manera mejor aquello que han visto u escuchado. La buena noticia es que muchos museos, filarmónicas y teatros ya se han enterado y te ofrecen ellos mismos los recursos adecuados para la visita, incluídos recorridos especiales para niños u hojas con preguntas cuya información pueden obtener en las salas de la exposición. Busca y encontrarás. O en el peor de los casos, te lo puedes montar tú misma con un papel y un poco de imaginación.

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Regla número siete: lo bueno si breve…

Con una personita entre los dos y los catorce años no te puedes plantear pasarte media jornada en el museo, o tragarte una ópera de Wagner entera. El concepto a seguir es el “aquí te pillo, aquí te mato”. Si vas a ver un cuadro, céntrate solamente en ese cuadro. Después si ves que hay interés y ganas puedes alargar un poco la visita. Pero no cometas nunca el error de alargar más de la cuenta. Si de verdad tienes interés en visitar algo más de ese Museo con calma, procura organizar un AR (Adulto Responsable) que se ofrezca a quedarse con los niños en la cafetería o en alguno de los lugares habilitados mientras tú te das el gustazo. Para desvaríos musicales, elige la pieza más cortita y animada que puedas. Olvida la música dodecafónica. Si es menester que la aprecien en algún momento de sus vidas, ya habrá tiempo para ello después de la infancia.

II-Cuando un amigo se va

Ha muerto esta mañana. El coche en el que viajaba con un compañero de trabajo ha derrapado en la carretera de Colmenar. Los que iban sentados en el asiento delantero han fallecido en el acto. Uno de los niños que iba en el asiento de detrás, poco antes de llegar al hospital. La madre y el otro niño que iban en el coche, parece que aunque muy graves, están fuera de peligro.
María me lo ha contado entre lágrimas, destrozada. Ella misma y Juan Ma estaban hablando de tener críos… parece tan cruel que todo lo que esperas se pueda destrozar en diez minutos. Tan cruel y absurdo que no se pueden encontrar explicaciones. Yo acababa de dejar a mi hija en la guardería y me esperaba una pila de exámenes que tienen que estar corregidos antes del quince. No he podido ni siquiera tocarlos. He pasado un buen rato mirando hacia la pared, sin reaccionar. Luego he llamado a César. Supongo que he tenido que hacerlo porque aunque no guardo un recuerdo consciente de haber tomado el teléfono y marcado el número, me he encontrado hablando con su oficina. Marta era la dura oficial de nuestro grupo. Nunca derramaba una lágrima en público y rara vez en privado. Yo he intentado parecerme a ella y no llorar, pero he sido siempre muy mala alumna en ese aspecto. La noticia estaba llegando al punto de mi cerebro donde se empieza a asimilar el dolor. Hasta ese momento, un benigno anestésico había adormilado las ramificaciones del daño por la pérdida de un ser querido. No era una sensación nueva para mí. Mi gente se ha ido marchándo poco a poco: mis abuelos, mi sobrino Luis, Marta y ahora Juan Ma… No es una lista muy larga, podría ser peor, pero cada uno de esos nombres es un sentimiento de pérdida, un saber que nunca, nunca más…
He discutido con César sobre qué hacíamos. No parecía muy dispuesto a venirse conmigo a Madrid, pero tampoco entusiasmado con la idea de dejarme ir sola. En el fondo le comprendo, él nunca llegó a integrarse en el grupo y con la historia pasada que existe, lo normal es que insista en que mande un telegrama y me olvide del tema. Al final he logrado convencerle de que se quede él con la niña, tiene compromisos que no puede cancelar. Yo puedo permitirme la escapada. No hay mucho moviemiento en la Universidad en estos días. Los exámenes de mi departamento ya han terminado y las correciones pueden esperar un tiempo. He confirmado a María que iba para allá y después de darme los detalles del Tanatorio, ha sido ella misma la que me ha pedido el favor de que avisara yo a los compañeros de la Universidad, a los de siempre. He organizado la reserva en el último vuelo. Iba a ir, iba a velar el cadáver de mi amigo, porque sería yo misma la que vería la huída como una cobardía en estos momentos. Y ahora que está todo decidido, no queda ninguna excusa más. Tengo que hacerlo, tengo que llamar a Alicia y a Enrique.
No sabía cómo estaban ahora. Las únicas imágenes que había guardado de ellos eran las fotos y los recuerdos. Algo estático, que no cambia y que no les había permitido envejecer, al menos en mis pensamientos.

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A T, por traerme el mantra de que soy suficiente

T es una amiga que conozco desde hace tiempo y con la que comparto varias cosas en común: las dos hemos tenido un PVDC, las dos hemos vivido una época de Erasmus, las dos nos interesamos en temas como la meditación, la comida sana y la cultura de lo solidario. Así que agradecí mucho cuando hace unas semanas T nos empezó a traer a un foro privado en el que participamos con otras amigas la acción del día del You-App de Jamie Oliver.

Algunas veces las microacciones que nos sugiere el app ya las he implementado en mi vida. Otras veces no es el momento adecuado. Pero hace una semana llegó uno de estos retos que no sólo me tocó algo dentro según lo escuché, sino que era justo lo que estaba necesitando en un momento actual. Se trataba de aceptar la imperfección, abrazar tu vulnerabilidad y aceptar que aunque no sea perfecta, soy suficiente… Lo que hago es suficiente, lo que trabajo es suficiente, las horas que dedico al blog son suficientes…

Desde entonces llevo repitiendome la frase como un mantra en los momentos difíciles: cuando esas medidas que has intentado organizar con un compañero de trabajo no llegan a tiempo; cuando simplemente no llegan porque ha habido un problema de comunicación y las está esperando un cliente (para ayer además), cuando los Supernenes rechazan por enésima vez la comida saludable a base de verdurita que he preparado, cuando SM se entristece porque prefiero quedarme un rato en mi mundo a ver algo en la tele con él… No puedo llegar a todas partes. Y está bien así. Llego hasta donde puedo, hasta donde considero que puedo dar de mí. Y es suficiente.

Para alguien que sentía hace menos de un año que hacía aguas en todos los frentes, os juro que ha sido una sensación maravillosa descubrir este mantra.

La acción está inspirada en una charla TED que he visto a posteriori y que también me ha encantado. Lo dicho, a mí me ha cambiado un poquito la vida porque me estoy empezando a aceptar tal y como soy.

Brillo y oropel

La Aldea no deja de ser una capital de provincia. Y aunque ahora mismo haya venido un poco a menos si comparamos con el tiempo en que Augusto el Fuerte era a este lugar lo que Carlos III fue a la capital de España, seguimos teniendo un legado cultural muy grande. Entre los edificios de valor cultural de la época, un teatro de ópera que todavía sigue en activo y que si bien no es la Scala de Milán, tiene una temporada estupenda en activo, incluídas ofertas para familias con niños. Por supuesto, dentro del teatro, todo es brillo y oropel, no podía ser de otra manera:

 

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