Esquizofrenia festiva

Mientras escribo el primer párrafo de este mensaje, es muy posible que tres niños hayan muerto de hambre u otras causas igual de evitables en este mundo que me ha tocado vivir. Lo mejor del asunto es que os puedo dar la buena y la mala noticia al mismo tiempo: con los recursos que se producen actualmente en el planeta se le podría dar una vida digna a todas las personas que están en él, sin hacer mucho más que repartirlos adecuadamente. Pero claro, eso significaría a lo mejor un único Regalo de Reyes para cada persona en el mundo y no poder cambiar de cámara o de teléfono móvil cada dos años. Sí, lo sé, soy una aguafiestas pero es que precisamente las Fiestas que nos tocan vivir dentro de poco me producen dentera y esquizofrenia (no la enfermedad mental, mucho más seria por supuesto, sino la impresión innegable de que la mayoría de lo que hago no está en armonía con aquello que pienso).

 

No voy a tirar piedras fuera de mi tejado y decir que la sociedad me obliga. Tengo muy claro que las obligaciones sociales a las que me he atado las he elegido yo solita y podría perfectamente haberme ido a vivir mi vida fuera de Omelas. Pero si tengo que decir que es un factor importante en este asunto, qué precisamente porque tengo fama de aguarle las fiestas a la gente, he empezado ya el monólogo en plan autodefensa. “Siempre eres tú, hija mía”, repite Supergüeli sin descanso. Siempre soy yo la que no quiere que entierren en juguetes a mis hijos, la que piensa que han comido suficientes dulces, la que regala únicamente libros por Navidad, la que preferiría hablar todos juntos a poner la tele… Siempre yo. Y no solamente se lo hago a ellos: me lo pienso mil veces antes de comprarme nada nuevo (a pesar de que económicamente podría permitirme muchos más caprichos de los que me permito), prefiero sacar libros de la Biblioteca a comprarlos, busco y doy vueltas extra para evitar tirar las cosas a la basura… y con todo y con eso siempre ando con sentimiento de culpa por la vida. Porque sé que tengo más de lo que quiero y que muchas personas no tienen nada y han perdido por como está el mundo montado la posibilidad de tenerlo.

 

Puede que yo no tenga la culpa directa de lo que le pasa a la sociedad: no controlo la banca internacional, no soy dueña de ningún imperio financiero, no tengo personas a mis órdenes y muy pocas a mi servicio (la señora que cuida a los Supernenes y la que nos pasa el mocho una vez por semana). Según SM solamente podemos meterle mano a aquello que hacemos nosotros mismos e intentar vivir lo más sanamente posible la esquizofrenia de saber que la persona que ha cosido ese jersey tan mono que me acaba de regalar Supersuegri probablemente tendría para comer durante medio año con lo que hemos pagado en la tienda por el jersey me pone el alma a la altura de las botas (que seguro que alguien más me habrá regalado para hacer juego con el jersey). Las veces que he intentado comunicar suavemente que preferiría que no me hiciesen regalos y dedicasen esa cantidad para donar, por ejemplo a Cáritas o al Banco de Alimentos, casi he salido a taramazos con la familia extensa. La conclusión al tema siempre ha sido: “si tú quieres amargarte la vida, tú misma, pero no le vas a estropear la Navidad a los críos así que nosotros les regalamos”. Y ya tienes un problema de conciencia encima, porque si ellos regalan a los tuyos, a tí no te queda tampoco más remedio que regalar si no quieres parecer interesada.

 

Y el segundo gran argumento a favor del consumismo: que si yo no nos damos un homenaje de cuando en cuando, si no compramos nuevos vehículos, nueva ropa, si no salimos de vacaciones a hoteles, ni gastamos nuestro dinero… habrá mucha gente que se quede en el paro y no pueda a su vez gastar ese dinero para otras personas. Es desde luego un argumento poderoso, pero como de costumbre, vuelvo a entrar en modo de esquizofrenia: me encantaría tener el tiempo y la energía para buscar y conseguir los productos locales que han sido producidos de manera lo más respetuosa posible con el medio ambiente. Y que además esos productos a ser posible no parezcan sacos de esparto o no sean absolutamente intragables o incómodos… Vuelvo a pedir demasiado, a dar demasiadas vueltas a la cabeza. Soy la reina de la comida “take away”. Esta semana he salido de casa el lunes y no volveré hasta el viernes, si se dan las cosas bien. Por supuesto, lo de llevarme la tartera o el termo de café para cinco días resulta incomodísimo, así que ya estoy viviendo otra vez de una manera que no quiero. Me paso la vida sientiéndome mal por no poder ser radical ni de un lado, ni del otro…

 

Así que no, no soy nada navideña porque lo que me encantaría en Navidades es hacerle un corte de manga al consumismo: pasar una velada agradable con los míos, en la cuál comiésemos un menú variado sin pasarnos. La tele estaría prohibida y pondríamos velas por todo el salón… Y nos regalaríamos las sonrisas y la felicidad de saber que otro año más hemos conseguido estar todos juntos, que es el mejor regalo que se me puede hacer hoy en día…

 

Lo dicho, como una cabra.

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