Yo quiero estar gorda como Scarlett

Hemos perdido los papeles. Es un tema que a mí ya no me afecta, aunque hubo una época de mi existencia en que me iba la vida en ello (literalmente… perdí bastantes kilos a base de hacer burradas con mi organismo que hoy en día me hacen llevarme las manos a la cabeza). Yo al final recuperé un poco el norte y la cordura, pero veo que la sociedad cada vez transforma, impone y exige unos criterios absurdos e irreales a los cuerpos, tanto masculinos como femeninos. Y tengo una hija de diez años, una niña con el mismo cuerpo y las mismas redondeces que tenía su madre… una niña que antes del verano había empezado a dejar de comer porque uno de sus compañeritos le llamaba “bola de sebo”. Así que no me queda más remedio que hablar sobre ello y hablar clarito.

Creo que comprendí que la cosa no ha cambiado demasiado (o incluso ha empeorado), desde mi adolescencia, el día que escuché como llamaban gorda a Scarlett Johansson. Por poco me da un síncope. Porque si ella está gorda, lo mío, a estas alturas de verano después de un par de raciones de morcillas de Burgos sin previa sesión de zumba, tiene que estar rozando la obesidad mórbida. Y no creo que sea para tanto. Creo que hay unas expectativas brutales y completamente equivocadas sobre como tiene que verse un cuerpo humano, que solamente personas que se dedican a vivir por y para su cuerpo, pueden cumplir.

El problema no es que deje o no deje de haber tallaje para todos, porque como se aprecia en la foto que ilustra este artículo y que fue publicada en una revista inglesa y modificada en otro blog, incluso personas con un mismo peso pueden tener una constitución física completamente diferente.

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Traducción: Una muestra de lo diferentes que se pueden ver 68 kg. Todas las mujeres fotografiadas pesan eso.

El problema es cuando el único canon de belleza se unifica en un tipo determinado que no es natural. Aunque eso haya ocurrido en todas las épocas (en momentos de hambrunas y flaquezas, la que tenía un poco más de carne era la que era considerada un bellezón, veansé las “tres Gracias” de Rubens). Lo que resulta peligroso en la edad actual es que resulta muy fácil fingir una supuesta perfección que lo borra todo de manera artificial y resulta a veces indistinguible de lo que es cierto.

Es decir, no creo que las tallas extra pequeñas supongan un problema porque siempre va a haber mujeres sanas que necesiten de estas tallas, como existirán también mujeres perfectamente saludables que necesiten una talla 48 (jugadoras de baloncesto no esqueléticas, por poner un ejemplo). El problema es que las modelos que aparecen en las revistas usan como talla máxima una 38 y encima las retocan para quitarles “los kilos que les sobran”. Que la talla 42, que es la talla que más se da estadísticamente entre las mujeres europeas, se envía en algunas cadenas de ropa como talla especial, o en cantidades ridículas frente a los veinte pantalones de la talla 36 y 38 que cuelgan en la percha. O que la 44, que es una talla que muchas mujeres mediterráneas simplemente por su constitución en las caderas es la que usan de serie, es considerada “talla especial”… Y estamos hablando únicamente del peso y no voy a mencionar otra retahíla de imposiciones de belleza absurdas y en algún caso hasta peligrosas que se dan hoy en día. Que el otro día un amigo mío, profesor de secundaria, comentaba que entre sus alumnos había algunos que se pensaban que las féminas veníamos sin pelo en nuestras partes nobles (hasta tales extremos ha llegado el gusto por la depilación en el “Playboy”).

Señores, me acuso publicamente de hacerle el juego a toda esta tontería: de mirarme a la cara y sentirme a veces vieja cuando veo mis líneas de expresión, de mirar mi estómago y pensar que a lo mejor con esa tripa y esas cicatrices que tengo tendría que dejar de usar bikini, de mirarme desde el pecho a las rodillas y sentir que tendría que hacer dieta, vamos, en definitiva, que caigo con todo el equipo en hacerle el juego a esta hipocresía absurda que deniega la variedad (que según el sabio refranero español, es donde reside el buen gusto).

El otro día me pillé en un renuncio clarísimo, cuando me hice un par de fotos artísticas en bikini y no las quería subir a internet porque no me parecían estéticas. Mi hija, esa hija de diez años de la que hablaba al principio de esta entrada, no lo podía creer… “mamá, estás tan bonita” decía… Gracias princesa, a veces me sigues enseñando tanto o más como lo que yo intento enseñarte cada día… No soy Scarlett, pero este es mi cuerpo. Y a lo mejor estoy algo pasada de kilos, pero es que, señores, tengo cuarenta años y yo no me dedico al cine.

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Tengo cuarenta años, soy madre de dos hijos y me he saltado las últimas veinte sesiones de aerobic a las que tenía que haber ido, pero es que la realidad es así…

Así que SG, y todas las Supermujeres que me estéis escuchando: despertemos. Nuestro cuerpo es bello, tenemos que sacarle todo el partido que nos permitan nuestras posibilidades. Cuidarlo y mimarlo, haciendo ejercicio y comiendo de manera saludable también dentro de lo que podemos. Pero no nos vamos a dejar comparar con otros cuerpos, especialmente con el de señoritas de veinte años que además viven profesionalmente de ello. No estamos gordas, señores, es que tenemos vida más allá de nuestro cuerpo.

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